El engaño

Hace unos cuantos años asistí en Amorebieta – Etxano a una interesante jornada apícola organizada por la asociación BAMEPE (ahora HEGOAK) integrada por apicultores profesionales del territorio histórico de Bizkaia. Acudí a la jornada porque estimaron que era la persona indicada para dirigir el desarrollo de la jornada, controlar los tiempos, moderar las preguntas, etc. Por lo visto, me vieron dotes de mando. Ordeno y mando, dirá más de uno.

Acudí a la jornada, como decía, a dirigir la orquesta de magníficos ponentes que conformaban el elenco y de que todo se desarrollase según las previsiones de los organizadores. Volví a casa totalmente fascinado al conocer más de cerca la realidad de nuestra apicultura, escuchar al sabio Antonio Gómez-Pajuelo y más aún, al comprobar la gestión ganadera (trashumancia, alimentación,…) de unos cuantos apicultores profesionales que hacen del ganado apícola su modo de vida y la actividad con la que sacan adelante su familia.

Pues bien, nuestros apicultores elaboran bastantes productos pero destaca sobremanera la miel como producto principal. En un mercado abierto y global donde las importaciones de diferentes mieles y otros subproductos como el sirope campan a sus anchas por las estanterías de los comercios, su buen nombre y/o su marca particular es su única carta de presentación ante la selva del mercado global, si bien, son también bastantes, los apicultores que recurren al paraguas de una marca de calidad como es el Label Vasco de Calidad para, como decía, refugiarse de los embates del mercado abierto.

En esas estamos cuando el Ministerio de mi apreciado, D. Luis Planas, ha renovado la normativa sobre la calidad de la miel que incide en el etiquetado del producto estableciendo que todas las mieles que hayan sido elaboradas a partir de producciones de distinta procedencia tienen la obligación de indicar en su etiqueta el listado de todos los países de origen donde se haya recolectado. Todo perfecto, hasta que caemos en la cuenta de que es un paso claramente insuficiente dado que no recoge la obligación legal de especificar en esa misma etiqueta el porcentaje de cada país, abriendo así la puerta al engaño, al fraude al consumidor al darse la posibilidad de que una miel con un 1% de miel española y un 99% de miel china pueda ser etiquetada como ‘Origen: España y China’.   

Tan engañados como los consumidores con algunas mieles se sienten los ganaderos que suben el ganado a la sierra de Aralar al comprobar, una vez más, cómo sus legítimos representantes en el seno de la Mancomunidad de Enirio-Aralar les dan la espalda o, mejor dicho, les espetan a la cara su firme propósito de no hacer nada en dicho monte. En esta Mancomunidad, por si no lo sabe,  conformada por quince municipios de las comarcas de Goierri y Tolosaldea, los municipios aportan una cantidad irrisoria que no alcanza ni para los gastos corrientes y es con los fondos aportados por los ganaderos, a modo de tasa por uso de los pastos, con los que se alcanza para abrir la persiana de la mancomunidad. Ahora bien, en el momento de invertir en alguna mejora en dicho monte, los ayuntamientos se limitan a mirarse con cara de sopaco, haciéndose los despistados para no pagar la ronda y esperando que sea mama Diputación Foral quien suelte la paga, vía convenio, aportando los fondos económicos para poder hacer mejoras en “su” propiedad.

Imagino que muchos de mis lectores están más que hartos de escuchar siempre la misma cantinela pero aun así, pretendo insistir, aún con una versión actualizada de la cantinela, para ver si estos responsables mancomunados de oído duro y/o limitado, caen en la cuenta de su incoherencia al fijar la sierra de Aralar como uno de sus prioridades en la cuestión natural, en la defensa del sector primario y condicionar el día a día de la gente que vive y trabaja en el monte como si les fuese la vida en ello y mientras, por otra parte, se niegan (salvados los votos afirmativos de Abaltzisketa, Arama, Lazkao y Beasain) a destinar un solo euro para invertir en mejoras, en este caso, los desbroces, en dicho espacio natural. Apelan, unos, a la crisis generada en las arcas municipales por el Covid-19 al disminuírseles la aportación foral, otros, por otra parte, responden diciendo que los desbroces, reiteradamente solicitados por los ganaderos, no son necesarios y menos aún, prioritarios. Unos y otros, cada uno con su repertorio de excusas y bonitas palabras, han dejado a las claras que no quieren hacer nada, que no tienen intención de hacer ninguna inversión en mejoras para los ganaderos usuarios y que la Mancomunidad entra en un largo y penoso periodo de hibernación.

Ahora bien, estos municipios del Frente del NO, encabezados por el clarividente y poderoso líder medioambiental de la izquierda abertzale, deben ser conscientes que, así lo sienten al menos los ganaderos, dilatando las inversiones, retrasando las soluciones y remitiéndolos a debates estériles que los agotan y desmoralizan, no se sitúan en terreno neutral y/o en tierra de nadie puesto que con su posicionamiento, con su voto negativo, al mismo tiempo que votan en contra de las mejoras para dotar de unas condiciones dignas de vida y trabajo para los ganaderos, están votando afirmativamente a los planteamientos defendidos por esos colectivos que todos conocemos y que nos dejan bien a las claras cuál es su firme propósito para con ese monte, no hacer nada.

Ahora bien, señores del No, empaticen un poco con los ganaderos y reflexionen, unos segundos, sobre las palabras de Paulo Coelho que dice: “el engaño es una elección, no un error”.

Xabier Iraola Agirrezabala

Editor en Kanpolibrean.
Blog sobre la granja y el mundo alimentario

Don Luis, ¡un descafeinado, por favor!

Me gustan los políticos de casta. Frente a una mayoría actual de “bienquedaos”, políticamente correctos y planos a base de esquivar cuestiones peliagudas y de huir de cualquier tema que pudiera derivar en problema, personalmente, me gustan los que son decididos y que abordan los temas con determinación sin miedo a mojarse. Eso sí, siempre, con buenas formas y con el máximo de los respetos.

En su momento, escribí sobre los aciertos y errores del ministro Miguel Arias Cañete, tan correoso como altivo, que fue capaz de acertar en el diagnóstico e impulsar, nada más y nada menos que hace 7 años, la Ley para mejorar el funcionamiento de la Cadena Alimentaria. Cañete, como le conocíamos todos, fue ministro del 2011 al 2014 y en ese trienio impulso un par de leyes importantes, si bien en este caso, me quiero referir a la Ley de Cadena Alimentaria que supuso una buena cimentación para una construcción que nadie quiso posteriormente continuar, ni los de su partido ni los adversarios.

Tras la moción de censura a Mariano Rajoy, llegó al ministerio agrario el andaluz Luis Planas, viejo conocedor de la materia por su experiencia como consejero del ramo además de un sonriente profesional, excelente capeador y experto anotador que todo lo apunta, al parecer, en el aire. Pues bien, la crisis estructural del campo, principalmente, debida a la falta de rentabilidad de una actividad económica donde los precios son irrisorios y son fijados de atrás para adelante, de la distribución al productor inicial, reventó hace unos pocos meses en unas sorprendentes movilizaciones que llevaron, con sus tractores, el acuciante problema a puertas del Caserón de Atocha dejando sin margen de maniobra y sin posibilidad de escaquearse al plano ministro.

Como decía, los agricultores con sus tractores, pusieron el problema del campo en los titulares del Telediario y consiguientemente no faltaron políticos que, queriéndose apuntarse un tanto, emularon al president Quim Torra cuando les decía a los de los CDR “Apretad, hacéis bien en apretar”, por lo que, al señor Ministro no le quedó más remedio que agarrar el toro por los cuernos y presentar un proyecto de ley de medidas urgentes entre las que destacaban los puntos que reformaban la Ley de la Cadena Alimentaria.

La principal novedad consiste en obligar a que cada operador abone al inmediatamente anterior un precio igual o superior al coste de producción que es incluido en el momento de fijar el precio acordado en el contrato alimentario. Hasta el momento, la Ley contemplaba la toma en consideración de factores “objetivos, verificables y no manipulables” pero sin hablar de los costes efectivos de producción. Incluso, se obliga a insertar una mención expresa que el precio pactado (perdonen el descojono) cubre el coste efectivo de producción.

En mi opinión, si bien el objetivo de la reforma es loable e imprescindible, tengo que reconocer que tiene su complicación en la aplicación real en un sector tan amplio y diverso como es el mercado alimentario, ahora bien, creo que, bien directamente en la propia ley bien a través de una normativa posterior que cuelgue de esta reforma, se puede impulsar una normativa que recoja las diferentes realidades y casuística que se dan a lo largo y ancho de la península. Cada una de las explotaciones, sean del subsector productivo que sean, tiene costes diferentes del de su vecino colindante pues depende la múltiples factores que inciden en la forma de trabajar y en el modo de producir de cada uno de ellos. Ahora bien, basándose en los múltiples análisis de costes que vienen desarrollando estos últimos años bien desde las propias instituciones bien desde organizaciones interprofesionales, universidades, etc. creo que es factible que se puedan fijar una serie de costes en función de variables geográficas, modos de producción, etc. que permitan contar con precios medios basados en la realidad. Es complicado, lo sé, pero no imposible y por ello urge que, entre todos, nos pongamos manos a la obra. La tarea es titánica pero nuestra gente, los productores se merecen, eso y más.

Ahora bien, como siempre, mantener la unidad resulta complicado y así, observamos cómo estos últimos días surgen voces que rechazan la reforma de la Cadena Alimentaria alegando que si se les obliga a asegurar el pago al agricultor por encima de los costes de producción, la producción agraria deja de ser competitiva frente a productores de otros países, por ejemplo Marruecos, que, a la postre, nos desplazarían de los mercados europeos.

Oigo decir estas cosas y me pregunto, ¿de qué vale inundar los mercados europeos con productos abonados al productor por debajo de costes si resulta que este sistema es insostenible para la base del negocio, ósea, para el agricultor? ¿Es lógico abonar al agricultor por debajo de costes cuando el resto de la cadena (transportistas, empleados de cooperativa-industria, comerciales, directivos, distribución, etc.), son capaces de cubrir costes y, aunque poco, de obtener beneficios?  

¿Para quienes trabajan ustedes, para los productores o para el resto de la cadena?

No soy tan ingenuo como para no percatarme que, muchas veces, la suerte del productor depende de la suerte del resto de agentes que conforman la cadena pero, igualmente, tampoco soy tan ingenuo como para no percatarme que, en excesivas ocasiones, muchos directivos y muchas entidades olvidan cuál es el fin último de su razón de su ser, la rentabilidad y el bienestar de sus productores.

Ahora bien, y con esto finalizo, les advierto que, más que el ruido de estas voces sectoriales que han soliviantado a muchos productores, lo que me preocupa realmente es el silencio de alguna otra gente, poderosa a más no poder, que sigilosamente andará medrando en pasillos ministeriales para que esta reforma no vea la luz o cuando menos, para retrasarla hasta el infinito o, lo que es peor, descafeinarla del todo y así, pierda todo su sentido.

Xabier Iraola Agirrezabala
Editor en Kanpolibrean.
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La tormenta perfecta

Tormenta perfecta es la expresión literaria y/o cinematográfica utilizada para referirse a esa situación, buscada o sobrevenida, donde se da un cúmulo de condicionantes o circunstancias, la mayoría de las veces, nada positivas, que sitúan en la picota o al borde del precipicio a una persona, colectivo, país o sector económico. Pues bien, en estos momentos, al menos esa es mi percepción, el sector agrícola, europeo diría yo, pero también en ámbitos inferiores, se encuentra ante una especie de tormenta perfecta conformada por un cúmulo de estrategias, planes y documentos varios que van a marcar, si no condicionar notablemente, el futuro próximo de la agricultura y, si me apuran, de la alimentación.

En la tesitura actual, ahora que estamos en puertas del fin del estado de alarma, el sector agrícola se encuentra expectante ante el incierto devenir de la economía puesto que gran parte del éxito o fracaso de nuestro negociado depende de la situación laboral y consecuentemente, de la cartera de los consumidores. No obstante, el mundo sigue dando vueltas, y asimismo nos encontramos con que la Unión Europea aprobó su hoja de ruta medioambiental denominada Pacto Verde Europeo donde se apuntan los grandes objetivos medioambientales de la UE y, asimismo, la UE también tiene adoptada su propia estrategia de Lucha contra el Cambio Climático que, en cascada, tiene su reflejo en el plano estatal y regional o autonómico.

No contentos con el Pacto Verde, la Comisión Europea acaba de publicar la estrategia “De la granja a la mesa” para un sistema alimentario justo, saludable y respetuoso con el medio ambiente donde se apuntan las líneas generales de una nueva política alimentaria que, obviamente, afectará directa y sustancialmente a la parte productora. Una vez más, querido lector, la estrategia va, según algunos, más rápido de lo que se puede asumir desde la parte productora, pero, según otros, la estrategia en cuestión no entra al meollo de la cuestión y no aborda la necesaria, según su parecer, revolución agroecológica de la producción europea de alimentos 

Además, si lo anterior no fuera suficiente, la Unión Europea se halla inmersa en un interminable proceso negociador del Marco Financiero Plurianual, una especie de presupuesto plurianual que fija, entre otras cosas, el techo de gasto de las instituciones comunitarias y que establece los fondos destinados a cada una de las políticas prioritarias, entre ellas, la política agraria común, ampliamente conocida por sus siglas, PAC. Por cierto, una PAC que, al parecer, su enésima reforma se retrasa a cuenta del virus y cuya aplicación se dilata hasta el año 2023.

Por no hablar de los incesantes pero trascendentales acuerdos comerciales que la Unión Europea cierra con países y continentes terceros bajándose los pantalones en cuestiones agrarias mientras, recíprocamente, consiguen hacerse con sus mercados industriales, servicios, infraestructuras y así tenemos que, mientras las empresas hacen el agosto apoderándose de los mercados del más allá, nuestros agricultores sufren un duro invierno a lo largo de todo el año al haberse facilitado la entrada de sus productos agrarios a nuestro mercado y además, por un oportuno olvido de nuestras autoridades europeas, sin haber asegurado la reciprocidad en condiciones higiénicas, medioambientales, laborales, etc.

No se crean que con ello acaba, puesto que, en el Congreso de los Diputados se está tramitando un proyecto de ley de medidas urgentes en materia de agricultura y alimentación cuyo objetivo principal es reformar la Ley de Cadena Alimentaria e introducir una serie de modificaciones con el objetivo de dar respuesta al problema estructural de falta de rentabilidad y empoderar al productor recogiendo la obligatoriedad que todas las compraventas y transacciones efectuadas en el seno de la cadena se hagan cubriendo, ¡qué menos!, los costes de producción. La cosa, por muy sencilla y loable que parezca, tiene su aquel, pero, no me quiero dispersar y dejo la cuestión para posteriores ocasiones.

Como ven, con estos pocos apuntes, tenemos sobre la mesa, sobre el campo diría yo, toda una serie de ingredientes que hacen que el campo o, mejor dicho, el sector productor europeo esté como una olla a presión que, en cualquier momento, puede reventar.

Y llegados a este momento, yo me pregunto, ¿Quiénes son los cocineros que manejan la olla a presión? ¿cuántos aliados tienen los agricultores en esas cocinas donde se elabora el menú de nuestro futuro? ¿cuántos políticos tenemos en esas cocinas que saben de qué va el tema y conocen los ingredientes?

Personalmente, estoy algo más que preocupado viendo la dinámica de los últimos años, al observar cómo los diferentes responsables políticos de los diferentes partidos políticos que llevan la cuestión agraria y que, bien personalmente bien profesionalmente cuentan con sabiduría y experiencia para analizar, proponer y debatir las cuestiones, son arrinconados, ninguneados y sustituidos por sumisos tolosas (tolosabe) que lo mismo les da caer en la comisión de agricultura que en la de cultura o en la de sanidad.  

Cada contienda electoral, sea para la institución que sea, comprobamos cómo nuestros aliados, los aliados del campo, los más cercanos, pero también los más lejanos, los que tienen criterio y conocimiento de la cosa, los que le dedican tiempo y vida al agro, son relevados por profesionales de las generalidades y así, contienda a contienda, el sector en su conjunto pierde capital humano y músculo para defender lo nuestro.

Reaccionemos. No nos podemos permitir perder más músculo.

Xabier Iraola Agirrezabala
Editor en Kanpolibrean.
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Maldito beneficio

Quiero que sepa el estimado lector, si es que todavía no lo ha rastreado por la nube, que este humilde junta- letras, en su tiempo, fue una persona importante y digo esto, no por arrogancia, sino porque durante 8 años fui el alcalde de mi pueblo, Legorreta, y eso, además de ser algo muy importante, es el mayor honor que he ostentado. Al parecer, mi falta de valía y mi carácter crítico, me impidieron alcanzar cotas mayores y por ello, querido lector sufridor, aquí estoy yo, junta – letras del ramo agrario, dándole la murga, semana sí y semana también.

Pero tengo que reconocer que mi paso por las responsabilidades municipales me sirvió para tener conocimiento sobre multitud de cosas que, de otra forma, no hubiese conocido. Una de ellas es que al gestionar una obra, mejor dicho su licencia de obras, se desgajaban diversos conceptos (ejecución material, gastos generales, beneficio industrial,…) puesto que algunos de ellos estaban sujetos al correspondiente impuesto y otros, no. Teóricamente al menos, los presupuestos recogían un 6% del presupuesto en concepto de beneficio industrial y desde el desconocimiento, le tengo que reconocer, que me extrañaba dicha mención explícita, sobretodo, teniendo en cuenta que los que analizábamos dicho presupuesto dábamos por supuesto que dicha actividad conllevaba, implícitamente, un beneficio para el emprendedor.

Pues bien, aunque nos encontremos en las antepuertas de la nueva normalidad de Pedro Sánchez, parece ser que lo que a todas luces es normal resulta algo “anormal” en la vida real y así, tenemos que observar cómo es el propio Gobierno el que se ve obligado a intervenir, a través de la Ley de la Cadena Alimentaria, a establecer una serie de condicionantes como es que el precio abonado por un producto sea superior a los costes de producción del mismo y así, consecuentemente, en lo que se refiere a la cadena agroalimentaria, que la industria o cooperativa abone al agricultor y/o ganadero un precio que al menos cubra los costes de producción, que la distribución abone a la industria y/o cooperativa un precio que cubra los costes de transformación y/o manipulación, que ambos eslabones abonen un precio que cubra los costes del transportista y finalmente, que el consumidor, tan sensibilizado y concienciado tras balconear solidariamente durante estos últimos meses, se rasque el bolsillo y abone un precio que, cómo no, cubra todos los costes inherentes a la cadena.

Como decía, alineados con el dicho popular de “una cosa es predicar y otra, dar trigo”, en la vida real y más crudo en el mercado actual, una cosa es la teoría y otra la práctica y así tenemos que en numerosas ocasiones, alguno de los eslabones trabajan si percibir por ello un precio que remunere sus costes y que la bienintencionada ley se queda en papel mojado.

Ahora bien, hablando de costes de producción y ahora que a todo pichichi se le llena la boca con que el precio debe cubrir los costes de producción y que, consecuentemente, deben prohibirse, por ley divina, prácticas abusivas como la venta a pérdidas, la venta a resultas, etc. , creo que ha llegado el momento de introducir en nuestro discurso el concepto del beneficio agropecuario porque flaco favor hacemos a los productores de alimentos que pasan más horas que un reloj trabajando la tierra y gobernando su ganado para que, a fin de mes, se encuentren con que con el precio abonado sólo les alcanza para abonar los costes y de ahí en adelante, deben vivir del aire o de la misericordia.

Creo que todos nosotros acudimos al puesto de trabajo para, además de cubrir los gastos ocasionados por el trabajo que desempeñemos (transporte, comida, herramientas, servicios subcontratados, etc.), obtener un margen de beneficio que nos permita vivir, tener algún que otro vicio, invertir y sacar adelante nuestras familias y eso es, justa y recíprocamente, lo que debemos plantear, en nuestro caso, para todos los eslabones que conforman la cadena agroalimentaria y muy especialmente para ese eslabón que todos reconocen como el más débil de todos, el productor. Eso sí, si acaban por obtener algún beneficio, corren el grave peligro de ser considerado o tildado de ser un empresario obsesionado por el dinero y movido, en todo aquello que emprenda, por inconfesables intereses. 

Más aún, en un colectivo como el de los productores agropecuarios donde la dedicación profesional, lo que algunos llamamos jornada laboral, hora arriba hora abajo y dependiendo de cada subsector, supera frecuentemente las 3.000 horas anuales mientras la gran mayoría de los mortales (he dicho mortales, por lo tanto, autónomos quedan excluidos) andamos por las 1.700-1.800 horas. 

Ahora que hago mención de las horas que meten nuestros productores, y con ello acabo, me viene a la cabeza que este simple hecho, el diferencial de horas y las jornadas excesivas que sufren nuestros productores bien podía ser un tema a analizar por parte de la Ministra que con tanta preocupación aborda el tema de la esclavitud en el campo.

 

Xabier Iraola Agirrezabala
Editor en Kanpolibrean.
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Atasco

Ismael, el protagonista de la magnífica novela que leo actualmente, “Aitaren Etxea” (La casa del padre) de la escritora Karmele Jaio, que, por cierto, le aconsejo fervientemente, es un escritor de éxito que se encuentra totalmente atascado en su nueva novela, sin la inspiración necesaria para salir adelante. Así me encuentro yo, desde hace bastante tiempo. Me refiero a lo del atasco y no a lo de escritor de éxito. El confinamiento me ha poseído del todo y el dichoso monotema contamina todas mis neuronas y no soy capaz de escaparme de sus garras.

Tanto es así que incluso una cuestión tan básica y elemental como es la cena semanal en la sociedad gastronómica ha dejado de ser algo elemental para pasar a ser, ahora que acabamos de abrir la sociedad, con todas las medidas de seguridad obviamente, un acontecimiento que merecería ir de etiqueta si no fuese porque uno tuvo que remangarse para cocinar los huevos fritos, plato estrella de mi básica carta gastronómica.

Pues bien, en estos momentos iniciales de desescalada y deseoso de que alcancemos la fase 3 para ir a Armintza a ver a mi familia política, se empiezan a vislumbrar los primeros esbozos de la nueva realidad y así, nos encontramos que, junto a la curación de las heridas pertrechadas por el virus, también ha llegado el momento de asentar las bases de una nueva etapa. 

Además de sanar y acudir en ayuda de los que más han sufrido en estos últimos meses, ha llegado el momento de sacar conclusiones de nuestros puntos débiles, pero sin caer en un pesimismo paralizante, también de nuestras fortalezas y así, sin dilación, tomar las medidas necesarias para corregir y superar nuestras debilidades.

Ahora bien, más allá de los estragos del virus, conviene no perder la perspectiva y centrarse en lo básico y en lo fundamental bien del presente, bien del futuro, y digo esto porque, al menos en mi entorno, observo una cierta tendencia a obsesionarse con lo obvio dejando para la posterioridad la compleja tarea de abordar el futuro que, lamentablemente, comienza, mañana mismo.

Es más necesario que nunca que el sector primario en su conjunto, tanto agricultores, ganaderos como forestalistas, observen las corrientes de fondo de la sociedad actual, hacer una correcta lectura de lo que verdaderamente está ocurriendo y, por ende, actuar en consecuencia, pero siempre en base a una estrategia a corto, medio y largo plazo.

Lo digo, con generalidades y palabras, quizás, huecas y gruesas para no señalar ni herir a nadie, pero al mismo tiempo con el firme propósito de suscitar un debate entre las gentes del campo que, frecuentemente, se sienten incomprendidas por la sociedad en su conjunto, con la penosa sensación de tener al mundo entero en su contra y a similitud del consabido chiste, en dirección contraria a lo que marca la opinión pública y publicada.

Sin caer en el simplismo de confundir las modas o algunas opiniones con las corrientes de fondo que aludía anteriormente, no es menos cierto que, más allá del manido recurso de fijar a determinados colectivos en la diana de nuestras iras (urbanitas, ecologistas, animalistas, técnicos, etc.), recurso que el que suscribe utiliza quizás en exceso, resulta imprescindible que la gente del campo, principalmente los productores, hagan una lectura acertada de lo que ocurre a su alrededor, que atendamos a lo que nos dicen las gentes del conocimiento y con ello no estoy refiriéndome a darles siempre la razón, que observemos con espíritu crítico y constructivo lo que nos apuntan las autoridades para los próximos años y en base a todos los inputs, marcar una estrategia de futuro. Ya lo decía Séneca, “no hay viento bueno para el que no sabe a dónde va”.

Dicho lo dicho, creo que agricultores, ganaderos y forestalistas tienen que sacar tiempo donde no lo hay, arrinconar alguna tarea del día a día para planificar la estrategia del futuro. Una estrategia, ni única ni unívoca, donde deberemos tener en cuenta las corrientes de fondo que subyacen en los informes sobre tendencias del consumo alimentario, la nueva realidad social y demográfica de nuestra sociedad, la nueva realidad rural, los sesudos estudios sobre el cambio climático que vienen acompañados por los numerosos planes de lucha contra el cambio climático impulsados por diferentes administraciones, la creciente sensibilidad hacia el bienestar animal más allá de algunos animalistas histéricos y así, suma y sigue, hasta el infinito.

Soy consciente que con la que está cayendo, muchos de nuestros profesionales no tienen tiempo más que para el complicado presente. Eso sí, deben y debemos ser conscientes que, si ellos no trazan el rumbo de su futuro, otros lo trazarán por ellos y, seguramente, las prioridades, los puntos de vista y las soluciones planteadas por éstos no serán las mismas que las de aquellos.

Como les decía, me encuentro inmerso en pleno atasco.

Xabier Iraola Agirrezabala
Editor en Kanpolibrean.
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Soy guay

Seguramente, le habrá ocurrido más de una vez al escuchar una fantástica noticia, que usted mismo piensa que esa noticia es, además de irreal por excesivamente buena, inalcanzable para uno mismo. ¡Eso es tan excepcional, que no puede ser para mí!, he pensado reiteradas veces.

Del mismo modo, alguna vez, cuando iba a la huerta familiar y me deslomaba quitando los tréboles, barrabasa en nuestra tierra, que ahogan las plantas en sus inicios, le decía a mi vecina Lola: “el día que Argiñano ponga de moda la ensalada de tréboles, entonces, no saldrá ni un solo trébol y tendremos que comprarla en la tienda, embolsada por la empresa de turno”.  

Algo similar he cavilado esta semana al observar cómo la lana de nuestras ovejas, lamentablemente, ha pasado de ser un producto estimado por artesanos y empresas textiles a ser un mero subproducto, un residuo, que ha pasado de tener un valor a tener un coste para los propios pastores. No se crea que es un problema exclusivo nuestro, de los pastores vascos, me consta que el problema de la falta de valorización de la lana de las ovejas afecta a miles de pastores de casi todas las zonas de la península y más allá de los Pirineos. Pues bien, viendo esta tesitura, pero sin olvidar la problemática de los residuos ganaderos, el purín de nuestras ganaderías, caigo en la cuenta sobre la escasa importancia, traducida en medios destinados a la investigación, concedida a la investigación aplicable al sector primario y puestos así, creo que no soy el único que piensa, recela mejor dicho, que estas cuestiones, tanto la lana como la del purín, estarían más que resueltas si en vez de corresponder al sector primario corresponderían a otro sector cualquiera, más numeroso y, por supuesto, más guay.

Hablando de sectores más numerosos y guais, el sector agrario estatal ha saltado como un muelle al conocer los documentos comunitarios “Estrategia Biodiversidad UE-2030” y “De la granja a la mesa”, viendo la mano de los sectores más ecologistas (numerosos y guais como ellos solos) tras estos documentos que, como decía, han sido presentados por los responsables del Pacto Verde Europeo, el todopoderoso Frans Timmermans, la de Salud y Seguridad Alimentaria y el de Medio Ambiente mientras el comisario de Agricultura, el polaco, Janusz Wojciechowski, era el gran ausente de la cita. Ni estaba ni se le esperaba porque viendo lo que recogen dichos documentos parece que su peso específico es, más bien, irrelevante. 

Dada la escasez de tiempo desde su presentación no he tenido el tiempo suficiente para analizar los documentos y el calado de sus líneas principales, pero todo apunta a que el sector agrario es, una vez más, el pagano de las grandes decisiones europeas. Mientras Europa aprueba nuevos condicionantes medioambientales para su sector primario como que el  10% de las tierras agrarias se destinen a elementos no productivos, que el uso de abonos se reduzca en un 20%, que el uso de fitosanitarios se recorte en un 50%, que al menos un 25% del total de la superficie agraria de la Unión Europea sea ecológica para el año 2030, así  como que se abra la posibilidad de incrementar hasta un 30% las zonas incluidas en Red Natura 2000, pues bien, mientras Europa aplica estos condicionantes medioambientales a su sector agrario, al mismo tiempo, alcanza numerosos e importantes acuerdos comerciales internacionales abriendo nuestro goloso mercado único europeo a producciones agropecuarias de otras latitudes que no tienen, ni por asomo, los mismos condicionantes ambientales, laborales, sanitarios, etc. Ya saben, ¡ojos que no ven…!

Soy consciente de la dificultad de la tarea, pero creo que la Unión Europea debiera aplicar a sus productores los condicionantes medioambientales que acepta a esos países o bloques de países con los que llega a los acuerdos comerciales previamente mencionados. No hay justicia sin reciprocidad.

Ahora bien, aún siendo conscientes de que los efectos del Cambio Climático trascienden, cuando no ahondan, los efectos de la pandemia sanitaria y que por muy dura que sea la lucha contra el maldito virus, no debemos caer en la tentación de olvidar o relegar la cuestión climática, creo que es ciertamente preocupante que la Comisión Europea y con ella el conjunto de los gobiernos de los estados miembro, no haya aprendido nada, o casi nada, de lo ocurrido estos últimos meses de crisis sanitaria, que ha evidenciado con total crudeza las consecuencias de una deficiente estrategia alimentaria europea donde gran parte de la capacidad productiva, eso que algunos llaman la soberanía alimentaria, ha sido cedida a manos de países terceros.

Estos últimos meses todos hemos podido comprobar lo que ocurre a Europa, a sus familias, a sus empresas, mercados alimentarios, etc., cuando su energía depende de otros, cuando su política industrial ha sido desmantelada y trasladada a países terceros y/o cuando la capacidad productiva de alimentos también ha sido “subcontratada” a países terceros.

Pues bien, creo, con las reservas de no haber analizado los documentos, que con estos documentos y otros anteriores de similar orientación, Europa da por perdida la batalla alimentaria, arroja la toalla en la estrategia de asegurar una mínima suficiencia alimentaria y concentra toda su estrategia futura en la estrategia medioambiental. 

No quisiera que alguien viese que planteo como algo contrapuesto la estrategia medioambiental frente a la alimentaria puesto que las considero como complementarias. Ahora bien, frente a aquellos que sobreponen como prioridad la cuestión medioambiental sobre todo las cosas, incluso a expensas de la cuestión alimentaria, soy de la opinión que son los propios agricultores los mejores garantes de una exitosa política medioambiental, eso sí, con ellos, con su participación y con políticas razonas y razonables que tengan en cuenta la triple sostenibilidad, la medioambiental, la social y, cómo no, la económica. 

 

Xabier Iraola Agirrezabala
Editor en Kanpolibrean.
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Quién dijo miedo

La principal duda que alberga la mente de los productores agrarios, de los tenderos y hosteleros es sobre los hábitos de consumo que quedarán una vez se inicie el desconfinamiento y alcancemos el ansiado paraíso sanchista de la nueva normalidad que, dicho sea de paso, puede que no sea ni nueva ni normal.

Conocemos, por lo vivido y leído, cómo estamos consumiendo a lo largo del confinamiento, pero, como es normal, ya tenemos mirada en el futuro, éste que comienza por el lejano mes de junio, y queremos, necesitamos diría yo, conocer cómo actuará el consumidor para así saber cómo adaptar nuestra forma de producir y comercializar a la nueva realidad.

El olfato personal y profesional es importante pero quizás no sea suficiente para afrontar con ciertas garantías lo que nos depara el futuro y por ello, con toda precaución, he procedido a leer las conclusiones que ha extraído AECOC, la asociación empresarial que aúna a fabricantes y distribuidores, de su último estudio en el que analiza el “Consumo y compra dentro y fuera del hogar durante y después del Covid-19”.

El primero de los datos que debemos tener en cuenta en el momento de analizar el comportamiento del consumidor es que tenemos un consumidor temeroso del impacto económico tanto en su hogar como en el conjunto de la sociedad y así, frente a un 21,8  por 100 que cree que no le afectará negativamente, tenemos un 78 por 100 que cree que le afectará negativamente y de ellos, un 36,6 por 100 estima que será una afección pasajera mientras que para el 41,6 por 100 la afección será duradera y así se comprende perfectamente, que haya un 44 por 100 que está retrasando o paralizando alguna inversión o compra prevista. En definitiva, nos enfrentamos a un consumidor con el “culo prieto”.

El segundo dato es el relativo a los nuevos hábitos de consumo que se han dado en estos meses de confinamiento y destaca que tenemos un 28 por 100 que realiza más ingestas a lo largo del día (lo digo por propia experiencia, teletrabajando en la mesa del comedor a un paso de la cocina), un 67 por 100 dedica más tiempo a cocinar, un 51 por 100 consume más productos saludables y, aunque pueda parecer sorprendente, frente al 52 por 100 que pedía comida a domicilio al menos una vez al mes, tenemos un 66 por 100 que pide menos. En definitiva, cuando hemos estado encerrados en casa, hemos consumido más y mejor además de dar importancia al hecho de cocinar nuestro propio menú.

El tercer dato se refiere al impacto en el comportamiento de compra y así nos encontramos con un 78 por 100 de consumidores que compra en un único establecimiento cuando anteriormente visitaba 3,8 establecimientos al mes, además del 44 por 100 que compra con menor frecuencia que antes y hace compras más planificadas en un 78 por 100. Un 20 por 100 ha optado por comprar en establecimiento distinto al habitual, pero, ojo al dato, de ellos, un 73 por 100 piensa volver a su tienda habitual una vez acaben las restricciones.  O sea, la fidelidad del consumidor para con su nuevo establecimiento durará menos que la caducidad de un yogur.

El cuarto dato a tener en cuenta es el relativo a los factores o motivos de compra. Destacan tres datos, primero, se refuerza la importancia de la proximidad de compra que pasará del 24,5 por 100 previo al 57 por 100 que prevé para más adelante pero bastante por debajo del 74 por 100 que ha optado por la proximidad durante el periodo de confinamiento; segundo, la rapidez en la compra pasa del 2 por 100 previo al 71 por 100 actual en un consumidor que hace su compra a toda velocidad evitando la exposición al virus y, tercero, quizás el más importante, 1 de cada 3 consumidores, no olvidemos que hay un 78 por 100 temeroso del impacto negativo en su economía, se fija ahora más en los precios, ofertas y promociones.

El quinto dato sería el relativo a la compra on line que, quizás por la novedad o por seguidismo, ha crecido notablemente desde un 6,4 por 100 previo a un 23,4 por 100 que ha comprado online en los últimos 6 meses. De ellos, un 20 por 100 son consumidores digitales nuevos y un 17 por 100 reconoce que comprará más online aún finalizado el confinamiento.

El sexto dato es la concentración del consumo en lo que venimos considerando productos básicos (lácteos, carne, legumbres, verdura, fruta, arroz, aceite, …)  que alcanza el 69,2 por 100 de los consumidores, el arrinconamiento de productos novedosos en un 40 por 100 y la opción por productos de marca blanca en el 23,3 por 100 de los consumidores frente a un triste 10 por que dice comprar más productos Premium, frente a un consumidor de productos ecológicos que en su mayoría compra igual que antes pero con un 18 por 100 que ha reducido su compra ecológica y frente a un 51 por 100 de los consumidores, con más tiempo y conciencia por cocinar, que ha reducido su compra de platos precocinados.

Pues bien, teniendo en cuenta lo dicho anteriormente, ¿qué podemos esperar del consumidor una vez finalice el confinamiento, se facilite la movilidad, se vuelva a trabajar y se reactive el consumo de fuera del hogar? 

Resumiendo, tendremos un consumidor que controlará más el gasto y, por lo tanto, más sensible a ofertas y promociones; un consumidor, 6 de cada 10, que volverá a consumir fuera del hogar, pero bastante menos, y un consumidor que cocinará más en casa y por lo tanto, que buscará productos frescos a cocinar, productos de proximidad (59 por 100) y más saludables (51 por 100).

Producto de proximidad, saludable y más cocina en casa. Con estos mimbres, ¿quién dijo miedo?

 

Xabier Iraola Agirrezabala
Editor en Kanpolibrean.
Blog sobre la granja y el mundo alimentario

Las cuentas claras

Mis sobrinas se han saltado el confinamiento, día sí y día también. Estas últimas semanas, mientras yo estaba encerrado en mi cueva, ellas se vistieron el traje de baño, extendieron las toallas, se dieron la crema de sol y se fueron a la piscina. También han estado de finde en Isaba, pueblo del Pirineo navarro, echaron las esterillas en la sala y pertrechadas de sus sacos de dormir, disfrutaron de un finde rural. Incluso, hicieron las maletas para ir a la China (maldita la gracia). Ellas, que para eso son de Bilbao, se saltaron, con sus imaginativos recursos, propios de la infancia, el confinamiento que, poco a poco, nos va minando.

Mientras mis sobrinas, tal y como le decía, andan de aquí para allá, la vida confinada sigue en sus trece y tengo que reconocer que la alimentación y el conjunto de la cadena alimentaria han sido y están siendo uno de los puntales sobre los que se asienta nuestra cotidiana y confinada vida. Al parecer, la gente ha caído en la cuenta de la importancia de los alimentos y, más desconcertante aún, acaba de descubrir que los productos no se crean en los propios lineales si no que hay toda una serie de agentes por delante, productores, transportistas, cooperativa, etc. por lo que, aunque los comercios estén abiertos, si los productores caen, junto con ellos, cae toda la cadena alimentaria. Tan básico y sencillo como elemental.

Que la gente sea más sensible a la importancia de la alimentación y que sea más consciente del papel que juegan los productores no nos debiera hacer caer en la ingenuidad, tan falsa como inútil, de pensar que cuando acabe el confinamiento, los problemas del mundo agroalimentario y, más concretamente, del mundo agro van a finalizar coincidiendo con el día del lanzamiento del chupín de la desescalada. Pensar que los graves y estructurales problemas que sufre el sector productor van a desaparecer con el covid y la ola de sensibilización que lo acompaña, es altamente irreal por lo que conviene ir moviendo fichas y aprovechar, eso sí, para asentar las bases normativas y estructurales que hagan la alimentación, la cadena alimentaria y el comercio de alimentos algo más justo, transparente y equilibrado.

En este sentido, acaba de celebrarse en Madrid, el pleno del Observatorio de la cadena alimentaria y se ha fijado para este año 2020, como prioritario, la realización de los estudios que permitirán visualizar la formación de precios en la leche, aceite de oliva virgen extra, melocotón y nectarina. Veremos qué nos deparan dichos estudios y que conclusiones sacan tanto los responsables políticos como los conformantes de la larga, complicada y penosa cadena.

La leche, una vez más, es el origen de mis quebraderos de cabeza por que, aunque tengo que reconocer que la cadena láctea (productores, cooperativas, industria, distribución, etc.) está funcionando con normalidad absoluta durante el estado de alarma, no es menos cierto que aparecen los primeros nubarrones en el cielo blanco.

En Europa, las enormes dificultades para exportar tanto leche como lácteos (principalmente, quesos) hasta países terceros, el cierre de la hostelería y el bajón del sector pastelero está conllevando a un hundimiento de la grasa láctea, lo que provoca que se hayan iniciado, según denuncian diferentes organizaciones agrarias, la entrada de cisternas de leche e ingentes cantidades de queso provenientes de países europeos con gran tradición exportadora y que ahora, para superar dichas trabas, ven en el Estado español, una vez más, un magnífico desagüe al que volcar todos sus excedentes.

El consumidor estatal, en este confinamiento, está centrándose en productos alimentarios básicos y este comportamiento es extensible al área de lácteos donde se está dando un crecimiento en leche y yogures básicos mientras se resienten otros lácteos de mayor valor añadido pero que no son percibidos como imprescindibles por parte de la población. Además de la propia actitud de los consumidores, no nos engañemos, debemos ser conscientes que la propia distribución, por motivos de eficiencia logística, está haciendo su propia entresaca, eliminando gran número de referencias de productos y con ello, aumentando y facilitando, la tendencia a optar por los básicos.

Esta tendencia a aminorar referencias en la distribución y arrinconar, en cierto modo, productos de mayor valor añadido tendrá consecuencias directas y contundentes en aquellas industrias lácteas que vienen trabajando el valor añadido frente a la pelea del volumen, incidirá en la investigación e innovación de nuevos productos, pero, al mismo tiempo, debiera ser una buena oportunidad para aquellas otras industrias que hayan optado por el volumen y el coste unitario bajo.

Eso sí, las dudas me asaltan, al pensar que, hasta el momento, según he podido leer y escuchar en diferentes foros, las industrias lácteas españolas perdían dinero con la leche básica y han salvado los últimos ejercicios por el alto valor de la grasa. Ahora que la grasa está por los suelos, la leche básica (por la que están optando mayoritariamente los consumidores) sigue en pérdidas y el consumo (y el precio de venta al público, PVP), estable. ¿Cómo van a cuadrar las cuentas?

Este humilde juntaletras, de letras sabe poco, pero de matemáticas, nada. Espero que usted sea lo suficientemente amable para aclararme las cuentas antes planteadas.

 

Xabier Iraola Agirrezabala
Editor en Kanpolibrean.
Blog sobre la granja y el mundo alimentario

Listo Mari

Listo Mari es un personaje que abunda en estas fechas. Se acerca a ti y te susurra al oído, cuando no te grita desde lo lejos, con la firme creencia de que con ello aporta lo mejor de sí para el bienestar de la humanidad y con un aire de superioridad que se asemeja al huracán, esa maldita frasecita de “eso ya lo dije yo”. Lo aplicaba hace unos años, en los inicios de la crisis financiera del 2007, y ahora, cuando parecía que ya habíamos salido de la citada crisis, lo readapta para esta crisis sanitaria para la que, por cierto, él ya tiene la solución a aplicar.

No se esfuerce, estimado lector, en buscar vacuna o antídoto en combatirlo, no hay quien acabe con ellos. Los hay en abundancia, más que chinches y en toda familia, cuadrilla, centro de trabajo y parlamento que se precie existe un Listo Mari, no vaya a ser que cunda la envidia. Su empeño es tal que su ánimo no decae fácilmente por lo que lo único que nos queda a sus sufridores es la vieja técnica de desconectar, les recuerdo que soy un artista de la técnica, porque debemos tener claro que su único objetivo es criticar, sin aportar nada beneficioso, pero con el único propósito de auto justificarse su inutilidad y consolarse ante su irrelevancia.

En estos momentos de zozobra pandémica, adoptes la decisión que adoptes, viene Listo Mari y te dice que, o bien te has quedado corto o bien que te has pasado de largo y si coincide contigo en la decisión adoptada, nunca te reconocerá que has actuado correctamente y recurrirá al siempre útil “eso ya lo dije yo”. En definitiva, es el máximo exponente del “ni come, ni deja comer”.

Ahora, desde la distancia marcada por las autoridades sanitarias, Listo Mari te recuerda que ya lo dijo él que este mundo iba muy mal, que íbamos directamente al abismo y que era preciso reconducir nuestra forma de actuar para poder mejorar el presente y futuro del globo. Así, nuestro Listo Mari, el particular del sector primario, nos decía que la agricultura, la actividad de producir alimentos, debería estar fuera de toda regla de mercado, que no debiera tener en cuenta en modo alguno la rentabilidad, que los baserritarras debieran ser pequeños (diminutos diría yo), artesanos, con el mínimo de maquinaria y tecnología posible, que la producción única y exclusivamente debiera ser según los dictados de la agroecología, que el único y exclusivo canal de comercialización debiera ser la venta directa y así, suma y sigue, hasta completar un interminable listado de condicionantes que, según nuestro agroListo Mari particular, deben cumplir a rajatabla los baserritarras si es que no quieren ser tildados de terratenientes, avariciosos e industriales, además del epíteto definitivo, de salvajes capitalistas. Por cierto, no tengo que recordarles que nuestro Listo Mari, bien se ha librado él de vivir de la agricultura mientras se dedica a pontificar sobre lo que deben hacer esos agricultores sobre los que ha asentado todo su modo de vida.

El mundo japiguay de Listo Mari es bello, coherente e ideal. Redondo, que diría aquel. ¿Quién le diría que no a ese mundo que nos traza con sus dardos y críticas?  Yo, por supuesto, que no. Me apunto al mundo japiguay de Listo Mari pero veo la realidad del mundo real y veo que sus compatriotas, los míos, optan por la venta directa en contadas ocasiones cuando no de forma residual, que el principal factor que determina sus actos de compra es el precio, el bajo precio diría yo, que el origen de los alimentos es una cuestión menor, cuando no nimia, en el momento de elegir sus alimentos y que la alimentación, mientras no falte un plato en la mesa, no ocupa lugar en el listado de prioridades.

La cercanía, la proximidad, la sintonía con la naturaleza, la economía a escala humana y otras cuantas características son previos para tener en cuenta y que no debemos olvidar, pero sin ser ingenuos y creernos vivir en la arcadia feliz, tal y como nos lo recuerdan los productores que viven de la tierra y venden en el mundo real.

El mundo real que nos ha tocado vivir es muy complejo, más aún con la pandemia, y es por ello por lo que no debiéramos olvidar que, más allá de lo que ocurre en Euskadi y en el resto de la Cornisa Cantábrica, debemos ser conscientes de las diferentes realidades agrarias que existen bien en otras latitudes de la península, con un sector primario fuertemente orientado a la exportación, por no hablar de la agricultura de otras latitudes mundiales.

El mundo está lleno de oportunidades y también de dificultades, pero lo que más abundan, son las incoherencias, comenzando por las de uno mismo y/o las de mi “querido” Listo Mari.

¡Listo, que eres un Listo!

 

Xabier Iraola Agirrezabala
Editor en Kanpolibrean.
Blog sobre la granja y el mundo alimentario

 

CERCA, MUY CERQUITA

Cuando yo era un crío, en mi casa el espacio central era la cocina. Había un comedor, con unos muebles muy pomposos que había hecho mi padre, carpintero por más señas y que durante muchos años, sólo se utilizaba un día al año, en la comida familiar de las fiestas patronales. Aún así, mi madre limpiaba el comedor todas las semanas y los muebles relucían como si fuesen plata de ley. Como decía, el espacio central de nuestra casa era la cocina y en ella se cocinaba, se veía la televisión, la única, charlábamos, discutíamos e incluso, hacía los deberes de la escuela.

En las casas de hoy, y quizás más hace una década que ahora mismo, la cocina ha sido reducida a su mínima expresión y tanto es así que, más allá de leyendas urbanas, se asume con total naturalidad que se hagan casas con la nano-cocina únicamente equipada con el microondas para calentar lo que previamente se ha comprado, precocinado y envuelto en el infinito plástico, en el supermercado de la esquina. Cocinar y/o calentar a toda prisa, comer al galope e inmediatamente, cada uno a su guarida, no vaya a ser que el contacto, además de cariño, nos vaya a hacer herida.

La casa, su disposición interna y sus habitáculos marcan, como otras facetas de la vida, las prioridades de nuestra vida y así, damos metros al salón mientras restamos a la cocina, damos prioridad al sofá mientras la mesa de comer es sustituida por una barra donde los comensales están colgados como periquitos en la jaula, invertimos en televisiones de plasmón y videojuegos estratosféricos mientras racaneamos unos céntimos en la compra de cada alimento y así, suma y sigue, vamos dejando bien patente la triste realidad de nuestras prioridades que hasta ahora la asumíamos con total naturalidad, como si ser lo frecuente en nuestro entorno lo transformase, automática e irremediablemente, en algo positivo para nuestras vidas.

Las prioridades, al igual que disponen de los metros de nuestra casa y de su equipamiento, disponen de nuestro tiempo y así mientras tenemos tiempo para ir al gimnasio, para acicalarnos en el salón de belleza más próximo, jugamos con la consola durante horas y horas, vemos la última serie de la plataforma de referencia o las andanzas de los salvamitas de Telecinco (cadena de televisión que parece no haberse enterado de la llegada del Covid-19) y sacudimos el smartphone en busca de la última novedad o el meme de moda en redes sociales y compartirlo entre los más allegados, no se vayan a pensar que uno es el soso de la cuadrilla,  conocemos el local de moda en Berlín y la tienda que es elnovamás en Londres, pues eso, mientras tenemos y dedicamos gran parte de nuestro tiempo a estos menesteres, por no decir chorradas, por el contrario, no tenemos, o mejor dicho, no dedicamos tiempo a hablar ni con amigos ni familiares, ni cara a cara ni por teléfono, ¡no fastidies con lo cómodo que es el guaxap!, no tenemos ni la más mínima atención o palabra de agradecimiento con el camarero o la enfermera que ahora decimos valorar, no visitamos a esos familiares mayores que viven durante el año en soledad bien la residencia bien en su propia casa, ¡no fastidies, con lo pesados que son los viejos!, y que ahora añoramos pública y publicitadamente, no visitamos el pueblito o la comarca que tenemos a pocos kilómetros, ¡tranquilo, eso ahí estará siempre y lo visitaremos cuando nos jubilemos!, no dedicamos tiempo a la cocina, en definitiva, a nuestra alimentación por que desde tiempos inmemoriales nos han bombardeado, idea que hemos asumido  gustosamente, que cocinar, ósea preparar nuestra alimentación es tiempo perdido frente a las chorradas que parecen ser tiempo ganado. 

Así, una tras otra, podría ir enumerando las infinitas incoherencias e incongruencias que abundan en nuestra vida cotidiana que, lamentablemente, ha tenido que llegar un puñetero bicho, el susodicho virus, para ponernos frente al espejo de nuestras debilidades y hacernos reflexionar sobre hacia dónde nos dirigimos.

Mirar a nuestro alrededor, fijarnos en las personas, sean familiares, amigos o compañeros de trabajo, y lugares que tenemos cerca, mimar a nuestros productores, comerciantes, hosteleros, empresas, etc. de cercanía, valorar esos trabajadores de base que habitualmente nos resultan invisibles (sanitarios, camareros, cocineros, transportistas, baserritarras, personal de limpieza, a, alimentaria, transporte, etc. a mi entender, la sencillas pero vitales conclusiones que debemos sacar de esta crisis que nos ha proporcionado tal sacudida que nos ha dejado el alma traspuesta y el ánimo alicaído.

Bajar la velocidad en que vivimos, enfocar nuestra mirada en lo cercano aún sin perder de vista lo lejano, dedicar tiempo y cariño a las personas cercanas, ésas que somos incapaces de valorar por ser parte de nuestro paisanaje afectivo, en definitiva, bajar el pistón para lograr una vida más pausada, pero al mismo tiempo, más auténtica y plena.

Voy terminando. El problema, el virus, al parecer, nos ha llegado de lejos. La solución, en mi opinión, la tenemos muy pero que muy cerca. 

 

Xabier Iraola Agirrezabala
Editor en Kanpolibrean.
Blog sobre la granja y el mundo alimentario