La creciente trascendencia de los mercados pecuarios y de la próxima PAC

El pasado jueves celebramos, en el marco de FIGAN 2021 y de la mano de FIGAN Digital, una “Jornada Técnica on line” que titulamos “Perspectivas de los principales mercados pecuarios 2020 – 2021”, y a la que se suscribieron más de 700 personas.

En la misma, se trataron 4 temas cuyos vídeos, en las próximas semanas, se irán publicando en nuestro boletín y también en la página WEB de ÁGORA TOP GAN para que la mencionada jornada también pueda ser visualizada por todas aquellas personas interesadas que no pudieron asistir en directo a la mencionada jornada virtual. 

Los cuatro temas tratados fueron: “la importancia de los mercados” y “los mercados interior y exterior del vacuno de carne, del pollo y del porcino de capa blanca”.   

Ya sé que en España y en la propia Unión Europea hay otros mercados pecuarios que son de gran interés por su complejidad y por la dificultades estructurales por las que discurren (léase, por ejemplo, el del huevo para consumo, el del conejo o el de la miel). Pero los tres sectores elegidos suponen hoy, en España y en valor, más del 70 por 100 de nuestro Producto Final Ganadero (PFG) que, en el año 2019, su montante fue de 19.635 millones de euros.

Y al hablar de mercados no podemos olvidar, como ya lo comentaba en mi nota de la semana pasada, que la denominada “nueva normalidad” (que veremos lo que dura ante el creciente número de rebotes que tenemos de la COVID – 19)  afecta, en gran medida y de forma difícilmente reversible, a todos los eslabones de la cadena agroalimentaria lo que aumenta de forma significativa la importancia que supone el carecer de unas verdaderas cadenas de valor en nuestro sector pecuario.

Como se comenta en nuestra ÁGORA TRIBUNA del presente boletín, el libro blanco publicado recientemente  por BOARD BIA ya ha puesto de manifiesto cinco grandes cambios que van a afectar irreversiblemente a los mercados interiores de los productos ganaderos (cuya demanda global, en nuestro primer mundo, tenderá a la baja) y, como consecuencia de ello, también afectará a los mercados exteriores.

Y, en este escenario, nos encontramos en España, en base a los datos consolidados del año 2019, con un sector, el del vacuno de carne, cuyo nivel de autoabastecimiento es de más del 110 por 100 (el de la Unión Europea es superior al 106 por 100); con un sector del pollo de carne con un nivel de autoabastecimiento español superior al 102 por 100 (siendo el de la Unión Europea del 107 por 100) y, finalmente, con un sector, el del porcino de capa blanca, cuyo nivel de autoabastecimiento nacional es del 175 por 100 (mientras que el de la U.E. es del 113 por 100).

Ante las situaciones descritas queda fuera de toda duda la trascendencia de los mercados, tanto el nacional como el internacional y es que a los sectores considerados no les queda otra, con una visión a corto – medio plazo, que optar por transitar por tres caminos (que son perfectamente compatibles).

El primero, es el de reducir las producciones (y ya sabemos lo muy complicado que es esto ante nuestra idiosincrasia latina e individualista); el segundo, pasa por intentar aumentar la demanda interior (muy, muy complicado teniendo en cuenta la tendencia global señalada) y el tercero, es el de buscar aumentar nuestra faceta exportadora, consolidando los actuales mercados exteriores y conquistando, para estos productos, nuevos mercados emergentes (que es lo que se está intentando hacer por parte de los sectores, a través de sus interprofesionales y asociaciones, con el apoyo de las administraciones).

Esta situación, compleja y multifactorial, no puede dejar de afectar, en mi opinión y en mayor o menor medida, en un futuro, que ya es presente, a nuestros ganaderos y a los precios a percibir en origen por sus producciones.

De ahí también la enorme importancia que tienen las negociaciones que están teniendo lugar en Bruselas, precisamente en estos días, y que van a definir el “marco financiero” en que se va a desenvolver la próxima PAC (y ¡ojo! el presidente del Consejo Europeo, don Charles Michel, propuso el pasado sábado, a los líderes de la Unión Europea, reducir en 50.000 millones de euros la cantidad de ayudas directas del fondo de recuperación económica tras la pandemia, para acercar las alejadas posiciones de los distintos Estados en la cumbre europea por lo que “cuando las barbas de tu vecino veas afeitar…). Y es que de “este marco financiero” va a depender, directa o indirectamente, el “ser o no ser” de  muchos de nuestros ganaderos (y también, por supuesto de muchos de nuestros agricultores).

Se trata, sin duda, de una coyuntura realmente compleja, pero, como dicen “los modernos”: señoras y señores (quiero ser políticamente correcto), es los que hay.

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio

 

La «nueva normalidad» y nuestra ganadería en los próximos meses

Ciertamente, si he de ser sincero debo confesar que me sumerjo, desde hace un par de semanas, en un estado caracterizado por el desasosiego, la inquietud e incluso por un cierto temor, cuando analizo la situación global en España y medito acerca de las perspectivas, durante los próximos meses, de nuestra ganadería, considerada en términos generales. 

Una ganadería que está inmersa, a nivel nacional, en la que se ha dado por llamar la “nueva normalidad” que, en el momento de escribir estas líneas, registra más de un centenar de focos activos vinculados a la COVID – 19. 

Una realidad que, de momento y de acuerdo con las informaciones oficiales disponibles, afectan ya a 15 Comunidades Autónomas obligando, por ejemplo, a que, en Cataluña, la Generalitat se haya visto obligada a ordenar el confinamiento domiciliario en Lérida y en otros 7 municipios a causa de los rebotes (en la práctica, tomemos buena nota, esta medida significa retornar en ellos a los momentos más férreos del confinamiento prohibiéndose la entrada y la salida de estos municipios, excepto con causa justificada o servicios esenciales). Bien es cierto que este confinamiento, técnicamente justificado, está recurrido por la justicia (por la juez de instrucción nº 1 de Lleida); todo ello genera, según el propio alcalde Lleida, don Miquel Pueyo, más confusión a la compleja situación existente. 

En mi opinión, situaciones de esta naturaleza, que se van a ir extendiendo por otras zonas del país en razón de la por mi incomprensible falta de una adecuada concienciación acerca de la gravedad de la situación y de unos comportamientos cívicos totalmente inadecuados a las circunstancias, por parte de un importante porcentaje de nuestros conciudadanos, van a tener unas importantes repercusiones a corto – medio plazo.

Ellas, sí o sí, van a reducir aún más la venida de turistas foráneos, van a afectar también al turismo interior y, paralelamente, van a agravar a la ya de por sí muy compleja situación de nuestra economía, repercutiendo finalmente, directa y negativamente, en la demanda de una serie de productos pecuarios (y, por lo tanto en los precios a percibir por nuestros ganaderos, cuyo comportamiento profesional, al igual que el de todos ellos en los Estados de la Unión Europea, ha sido y es, realmente ejemplar).

Paralelamente, tengo muy presente que ya está aquí la próxima Cumbre Europea que va a reunir a los Jefes de Estado y de Gobierno de todos los Estados de la Unión Europea con los objetivos prioritarios de aprobar, por una parte, el marco presupuestario de la PAC 2021 – 2027 (un tema, sin duda, clave para España, porque de él depende finalmente la dimensión de las ayudas destinadas a nuestros agricultores y a nuestros ganaderos)  y, por otra, poner en pie el Fondo de Recuperación que podría estar dotado con una cantidad que, tal vez, se sitúe entre los 700.000 y los 800.000 millones de euros (este fondo va a ser clave para apoyar a la recuperación económica aunque, sobre todo, para garantizar la soberanía sanitaria de la Unión).

Es decir, se avecinan para nuestros ganaderos (obviamente, también para nuestros agricultores y, para ser realistas, para muchos de nosotros) unos meses realmente difíciles y complicados (económica y socialmente), que empezarán realmente a “dar la cara” a finales de agosto, principios de septiembre (que será cuando se desvanezca la actual “euforia vacacional”). 

No olvidemos que, un dato más, todo parece indicar que mañana el Pleno Congreso  de los Diputados validará la prórroga de los ERTE y la prestación de autónomos, votando positivamente el decreto ley aprobado por el Gobierno el pasado 26 de junio. Ello significará la prórroga, de momento hasta el 30 de septiembre, de los expedientes de regulación temporal de empleo (ERTE) vinculados a la Covid-19 y la prestación extraordinaria para autónomos cuya actividad se haya visto negativamente afectada por la crisis. 

En definitiva y aquí es a dónde quería llegar hoy en mi nota destinada al Boletín digital de esta semana de ÁGORA TOP GAN,  como ya avancé hace unos meses, los efectos reales de la entrada en nuestras vidas del SARS – CoV – 2 van a tener una dimensión muy superior, también para nuestra ganadería, a la que inicialmente se había supuesto..

Y es que los virus, cómo muy bien lo saben nuestros virólogos y nuestros veterinarios, no entienden de política, ni de intereses políticos y, por lo tanto, no se pliegan a ellos.

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio

Llueve sobre mojado: el nuevo etiquetado de la miel

Desde los primeros años de mi singladura profesional en el “mundo de lo agrario”, allá por el último cuarto del siglo XX, siempre estuve plenamente convencido (y lo sigo estando) de que en nuestro Ministerio (el hoy denominado MAPA) laboran unos profesionales realmente excelentes, que llegan a los despachos del mismo después de superar unas muy complejas oposiciones o de ser requeridos en aras a su bien ganado prestigio profesional.

Por estas razones se me hace sumamente difícil entender cómo, desde la mencionada institución (que debería ser siempre ejemplar y ejemplarizante), en ocasiones (en demasiadas ocasiones, tal vez), se cometen, por acción, pero también por omisión, errores de bulto.

En este marco de los errores de bulto considero que, en estos momentos tan delicados para el sector apícola, está el tan manido tema del etiquetado de la miel. 

La verdad es que no me queda más remedio que coincidir plenamente con todos aquellos profesionales del sector (apicultores, técnicos apícolas, asociaciones y sindicatos de todos los colores), que consideran la nueva normativa publicada por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) acerca del etiquetado de la miel como errónea (e incluso, cómo la califica el sindicato ENBA (Euskal Nekazarien Batasuna), como un “engaño inaceptable”).

Cierto es que en la historia reciente y no tan reciente, de los etiquetados de algunos de nuestros productos alimenticios  “estrella” (léase, por ejemplo, el aceite de oliva o el jamón Ibérico) ha habido significativos ejemplos de errores en algunas normativas de identificación, que han dado lugar a toda una importante picaresca comercial (aprovechándose ciertos operadores, sin demasiados escrúpulos o sin ellos, durante un tiempo más o menos largo, de los resquicios legales que se habían generado, para ofertar aparentemente al consumidor lo que en realidad no era). 

Ahora le ha tocado el turno a la miel (en unos momentos, insisto, realmente delicados para los apicultores).  Como es bien sabido, porque llevamos tiempo “mareando la perdiz” con esta cuestión, un problema importante en este sector está en la no correcta identificación cuantitativa (que, en ocasiones, lleva a aparejada la cualitativa) del origen de la miel que llega a las estanterías de los puestos de venta.

Es verdad que el Real Decreto sobre la norma de calidad de la miel, que el Gobierno acaba de aprobar, entiendo ha pretendido acabar con el problema, obligando a incluir específicamente en la etiqueta el origen o los orígenes de las mieles utilizadas en el caso de que se trate de una mezcla de mieles de distintos orígenes (que suele ser, por otra parte, una práctica muy habitual).

Hasta aquí, creo, estamos todos de acuerdo, PERO (y este pero es muy importante) y aunque parezca imposible lo que voy a exponer, porque es cierto, no es obligatorio incluir los correspondientes porcentajes de participación cuantitativa de los distintos orígenes en el caso de mezclas de mieles procedentes de diferentes países.

En mi opinión se trata de un error importante (por no calificarlo de garrafal); no se trata realmente de una cuestión de seguridad del producto puesto a la venta, que entiendo que la misma siempre está garantizada, sino de informar adecuada y correctamente, a nosotros, los consumidores, cumpliendo con lo que es uno de nuestros derechos innegociables. Lo cual traducido a la práctica comercial y utilizando un ejemplo referido por algunas asociaciones de productores, con una miel mezcla con sólo un 1 por 100 de la misma de origen autóctono ya se puede  indicar España entre sus orígenes (cierto que hay que mencionar también los otros orígenes, pero no el porcentaje de cada uno de ellos ni ordenarles en función de su aportación cuantitativa a la mezcla). 

Así, por ejemplo, una “Miel de España y Argentina”, puede contener perfectamente un 1 o 2 por 100 de miel española y un 99 o 98 por 100 de miel argentina (lo cual no significa que yo tenga nada contra la miel argentina, sino que lo tengo contra una norma que es realmente imperfecta). 

Y me surgen inmediatamente, sin ningún ánimo de polemizar “dos preguntas del millón”: ¿Cómo es posible que los excelentes profesionales del MAPA cometan un error de este calibre? y ¿A quién o a quiénes favorece el mismo?

Este puede ser un ejemplo más de que en esta “nueva normalidad” (por cierto, a ver cuánto nos dura ante la presente escalada de rebrotes e infecciones) hay muchas cosas que mejorar. ¿Estamos de acuerdo?

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio

La inteligencia emocional a escena

Este último fin de semana me tocó dar docencia (unas horas virtuales, claro) en un curso dedicado a jóvenes con unos brillantes expedientes académicos, presumiblemente futuros directivos de empresa (ya sean privadas o públicas). 

El núcleo de la mencionada docencia se fundamentó en la exposición y análisis de la inteligencia emocional y de su correcta aplicación en el desarrollo de labores profesionales que conllevan una alta carga de responsabilidad y de riesgo.

Parto aquí del principio de naturaleza psicológica de que la inteligencia emocional es  un concepto (en realidad es una entidad hipotética de difícil definición)  que se refiere, por una parte, a la capacidad de las personas para reconocer tanto sus propias emociones como las de los demás, permitiendo también, por otra parte, discriminar entre diferentes sentimientos y clasificarlos apropiadamente lo que puede prevenir importantes errores conductuales. 

Pero, probablemente, lo más importante para mí y es lo que intenté explicar, es que la información de naturaleza emocional constituye o puede constituir, una gran ayuda para guiar nuestro pensamiento y las conductas de él derivadas; paralelamente, nos puede ayudar a administrar adecuadamente las emociones para adaptarlas a las situaciones circundantes lo que facilita, en casos concretos, lograr los objetivos perseguidos.

Pues bien, creo que, en este caso, la mencionada docencia ha cosechado un notable fracaso.

Tengo la impresión (por mor de las preguntas que se me han formularon al final de mi exposición) de que no supe hacer llegar  a mis discentes una necesaria y adecuada información de naturaleza fundamentalmente emocional al exponer cuales pueden ser las consecuencias derivadas de las predicciones del Fondo Monetario Internacional (FMI). 

Me refiero concretamente al posible futuro de nuestra realidad económica y como de ser acertado el mismo puede repercutir muy directamente en el devenir económico del sector agrario y, más concretamente, de nuestra actividad pecuaria (hablando siempre, claro está, en términos generales). 

Debemos tener en cuenta que el FMI prevé para España y para este año 2020 una caída de un 12,8 por 100 de nuestro PIB (Producto Interior Bruto), la peor caída de todos los países analizados junto con Italia. Bien es cierto que esta predicción es mejor que la del Banco de España, que la prevé del 15 por 100.

Paralelamente, según el FMI, nuestra deuda pública podría alcanzar casi el 124 por 100 del Producto Interior Bruto (la media de la zona euro sería del 105 por 100); se trata de una previsión peor que la del Banco de España (entre el 115 por 100 y el 120 por 100), pero un poco más positiva que la formulada por la OCDE (129 por 100).

Por otra parte nuestro déficit (es decir el desajuste de las cuentas públicas) durante el presente año 2020 puede llegar al 14 por 100 del PIB, mientras que en 2021 todavía será del orden del 8,5 por 100. Estas cifras suponen una revisión a la baja de las predicciones iniciales de  4,4 y 1,7 puntos porcentuales, respectivamente.

Todo ello puede significar y aquí estaba el centro de gravedad hacía dónde se dirigía mis reflexiones y enseñanzas, que, hablando siempre en términos generales, las economías familiares a un corto – medio plazo, se resentirán gravemente y con ellas su CAN (su capacidad adquisitiva neta). SI esto es lo que acontece la demanda interna de muchos productos pecuarios (en general más onerosos que los agrícolas) se resentirá, en los próximos meses, de una forma muy significativa. 

Por otra parte, si nuestra situación sanitaria no cambia drásticamente a muy corto plazo, a lo expuesto se unirá una disminución mayor de la inicialmente prevista del turismo internacional. Este turismo que trajo a España, en el año 2019, a 83,7 millones de personas, un 1,1 por 100 más que en el año anterior, y que generó 92.278 millones de euros de gasto (un 2,8 por 100 más que en el año 2018).

Por lo tanto, cabe pensar que en los próximos meses nos enfrentaremos a una situación compleja en lo que se refiere a la demanda final y al valor de los productos pecuarios a nivel ganadero (por mucho que puedan ayudar las exportaciones, que también tendrán que enfrentarse a situaciones difíciles).

Pero, lo que a mí más me preocupa es que España necesita, sí o sí, implementar formulas fiscales racionalmente sólidas para asentar la consolidación de la recuperación a medio plazo. 

Paralelamente se me antoja absolutamente imprescindible una reducción drástica de la corrupción (directa e indirecta, léase aquí, por ejemplo “las puertas giratorias”), un recorte severo de los gastos públicos innecesarios (e improductivos) a lo que tan dados somos actualmente, una correcta ampliación de la base fiscal,  una disminución de la evasión de impuestos, una eliminación de los agravios económicos comparativos (empezando por los papanatismos políticos)  y, si es posible, a medio plazo, el afrontamiento de una muy cuidadosa y muy bien meditada mayor progresividad fiscal, que no origine una “mortal” fuga de capitales y una significativa reducción de las inversiones privadas.

Y para poder afrontar todo lo expuesto de una forma adecuada va a ser, en mi opinión, absolutamente imprescindible que nuestros dirigentes, tanto a nivel público como privado, hagan un elevado y correcto uso de sus inteligencias emocionales (y de ahí la razón de la temática desarrollada a lo largo de las mencionadas horas de docencia).

Ya sé que lo que pido no es nada, pero nada fácil (basta con visionar, por ejemplo, ciertas “tertulias” en nuestras cadenas televisivas para constatarlo), pero es que, en mi opinión, no queda otra.

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio

La resiliencia y nuestro sector primario

Muchos probablemente no lo sepan, pero la resiliencia, en su origen, es un concepto ingenieril y se refiere a la cantidad de energía que absorbe un material en el momento de romperse a causas de un impacto; se calcula en base a la unidad de superficie de rotura.

Pero aquí deseo utilizar el concepto de resiliencia en el ámbito de la Psicología y referirlo a la capacidad que tiene un individuo, pero también un sector (un colectivo), para hacer frente a una adversidad y superarla para, una vez superada, poder seguirse proyectando hacia su futuro. 

Inicialmente, en el ámbito psicológico, como lo hemos estudiado todos los que nos hemos formado, en tiempos ya lejanos, en temas de pedagogía y de psicología pedagógica, la resiliencia se consideraba una respuesta poco común, inusual e, incluso, en ciertos casos enfermiza.  

No obstante, con el discurrir del tiempo los psicólogos han ido evolucionando en su apreciación y valoración de la misma y finalmente han reconocido que se trata de una actitud que se corresponde con una forma mental de “ajuste o adecuación” ante una situación adversa o ante la propia adversidad. 

Es más, actualmente la psicología positiva considera a las situaciones adversas, problemáticas, como desafíos, que pueden ser enfrentados y superados gracias precisamente a la resiliencia.

En la vida, a nivel individual, se presentan circunstancias que pueden favorecer o ser contrarias al desarrollo de al resiliencia como son, por ejemplo, la educación, la calidad e intensidad de las relaciones familiares, el contexto social o la propiedad de determinadas actitudes. 

Hoy se considera que la resiliencia individual está íntimamente vinculada a la autoestima (por lo que es clave trabajar con los infantes para que desarrollen positivamente, desde edades muy tempranas, su autoestima y paralelamente su resiliencia).

Así resulta que hay individuos que al enfrentarse a una situación traumática permiten que ésta les supere mientras que otros no lo permiten y continúan sin más problemas su camino vital; incluso los hay que, ante la adversidad, modifican sus actitudes, las llevan a un nivel superior y transforman la mencionada situación en algo positivo desarrollando capacidades que incluso, en ocasiones, ellos mismos desconocían poseer.

Esto último y de esto quería precisamente escribir, hoy y aquí, es lo que hecho exactamente nuestro sector primario (agrícola, ganadero y también el pesquero, no nos olvidemos de él) ante la adversa situación generada (y, desde luego, en absoluto finiquitada) por el SARS – CoV – 2 y su enfermedad vinculada, la COVID -19. 

Nuestro sector primario nos está dando, día sí y día también, una gran lección; realmente una lección inolvidable, haciendo gala de unos valores que deberían asumir y hacer suyos el resto de la sociedad y sus propios individuos (lo que evitaría que un número no despreciable de los mismos se estuviera comportando de una forma totalmente inadecuada y muy peligrosa para todos, en las complejas circunstancias sanitarias que nos está tocando vivir).

La resiliencia del mencionado sector le ha llevado a asumir solidariamente, con un esfuerzo encomiable, asumiendo permanentemente importantes riesgos sanitarios y empresariales, a partir de un loable trabajo en equipo (junto con los otros eslabones de la cadena alimentaria, justo es resaltarlo), con probadas eficiencia y eficacia, un claro liderazgo; una elevada responsabilidad en la ininterrumpida generación de alimentos; una destacada capacidad innovadora con la creación de nuevos canales on – line y, todo ello, en el marco de un destacado ejercicio global de equilibrio sectorial. 

Esta suma es la que ha hecho posible, a pesar de todo, mantener su actividad económica y los estándares de calidad de sus producciones.

Sinceramente espero (porque soy optimista por naturaleza) y deseo que, en un plazo no lejano, nuestros dirigentes (incluyendo aquellos que nos consideran esclavistas) y la propia sociedad, valoren y reconozcan adecuadamente la fantástica resiliencia de nuestra agricultura, de nuestra ganadería y de nuestro sector pesquero.

Sin duda alguna ¡SE LO MERECEN! 

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio

La necesidad de una pesca sostenible y responsable

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio

 

Fue la FAO quien, en el año 1995, adoptó el conocido como “Código de Conducta para la Pesca Responsable”. 

En este código quedaron perfectamente reflejados los estándares internacionales para realizar una pesca responsable, respetando en primer lugar y de forma preferente, el ecosistema y la biodiversidad. No obstante, este código es voluntario y a pesar de que del orden de 170 países suscribieron el mismo, hoy en día la captura ilegal de algunas especies de alto valor comercial supera con creces los niveles permitidos.

Así, la pesca ilegal no declarada y no reglamentada, también conocida como “pesca INDNR,” se estima que viene a suponer actualmente entre los 15 y los 30 millones de toneladas de pescado. Esta pesca afecta de forma directa y, fundamentalmente, a las comunidades pesqueras de países en desarrollo que dependen de la pesca para su subsistencia.

 Por esta razón, la Agenda de Desarrollo Sostenible en su Objetivo 14 habla de regular la explotación pesquera y poner fin a la pesca excesiva, ilegal, no declarada y a las prácticas pesqueras destructivas que supongan poner en peligro la perpetuidad de las especies marinas.

En este contexto, el pasado día 5 de junio, se celebró el “Día Internacional de la lucha contra la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada”. El día fue propuesto en el año 2015 por la a Comisión General de Pesca del Mediterráneo de la FAO y fue aprobado. Las Naciones Unidas decretaron esta fecha en el año 2017 con el objetivo de intentar terminar con la mencionada pesca ilegal y también con las prácticas abusivas que ponen en peligro muchos de nuestros recursos pesqueros.

Apuesta por la pesca sostenible

Aunque actualmente menos del 50 por 100 del pescado que se consume en el Mundo procede de la pesca, es incuestionable que la práctica global de una pesca sostenible y responsable no solamente asegura un futuro para la presente generación y para las siguientes, sino también el mantenimiento del medio de vida de los que se dedican a esta actividad y de sus familias. 

Por su parte, los consumidores también demandan cada vez más consumir un pescado procedente de una pesca sostenible y responsable.

Atendiendo a estas realidades. la Marine Stewardship Council (MSC) diseñó un estándar que enmarca a la pesca sostenible. Con este estándar, auditores independientes evalúan el estado de la población de peces, el impacto en el hábitat del arte de pesca y la gestión coherente de la pesquería, analizando 28 indicadores. 

Este estándar que viene identificado con un sello azul MSC certifica, en aquellos productos que lo llevan, el cumplimiento en origen de las capturas (reducción del impacto en fondos marinos, garantizando la sostenibilidad de los caladeros), su procesamiento correcto y su venta al canal comercial adecuado (producto comprado en lonja a pesqueras certificadas), con lo que se garantiza al consumidor la trazabilidad del producto a consumir a lo largo de toda la cadena.

Es decir, que la presencia del mencionado sello azul de MSC en un producto del mar indica que el mismo procede de una pesquería que cumple con el estándar de pesca sostenible. 

Lograr este codiciado sello no es nada sencillo. Se suele tardar una media de año y medio en evaluar todos los procesos mediante consultas e inspecciones y una vez obtenido, se someten a auditorías anuales las empresas que lo han logrado obtener y a una reevaluación completa cada cinco años.

Según indica la propia MSC, actualmente hay en el mundo unas 320 empresas pesqueras certificadas (y más de 90 en proceso de evaluación). Las mismas extraen y procesan un volumen anual de unos 10 – 11 millones de toneladas (lo que supone del orden del 10 por 100 de las capturas mundiales anuales). Paralelamente, unas 3.700 empresas y organizaciones adquieren y venden más de 28.577 referencias que llevan el sello azul en casi un centenar de países.

Aunque aún queda mucho trecho por recorrer, éste es un camino correcto para conseguir el objetivo señalado en el título de esta nota: cumplir con la necesidad de llegar a realizar responsablemente en el Mundo una pesca sostenible. 

 

 

Los bosques, poco a poco, cobran en el mundo un merecido protagonismo

Ya hace tiempo que quería dedicar una de mis notas, destinadas al Boletín de ÁGORA TOP GAN, a los bosques y a su trascendencia.

Pienso que éste es un buen momento en razón de la publicación, hace unos pocos días, del estudio que han elaborado la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), y el Centro Mundial de Vigilancia de la Conservación del PNUMA, que ha realizado una importante aportación técnica al mismo.

Debe tenerse en cuenta que los bosques cubren todavía, aproximadamente, el 30 por 100 de la superficie de la Tierra (lo que supone del orden de unos 4.000 millones de hectáreas). Los mismos contienen 60.000 especies diferentes de árboles y albergan a más del 80 por 100 de todas las especies de anfibios del Mundo, el 75 por 100 de todas las especies de aves y casi el 70 por 100 de todas las especies de mamíferos de nuestro planeta; además, constituyen un muy valioso sumidero de carbono de una enorme importancia a la hora de combatir el cambio climático.

En el mencionado estudio, cuya lectura recomiendo fervientemente, se especifica que desde el año 1990 ha desaparecido de la faz de la Tierra un 10 por 100 de la superficie arbórea (unos 420 millones de hectáreas). Esta superficie se ha destinado a otros usos (fundamentalmente agrícolas, ganaderos y urbanos). Bien es cierto que, afortunadamente, la tasa de deforestación ha ido disminuyendo en las últimas tres décadas, pero todavía hoy sigue siendo demasiado elevada e inasumible (anualmente todavía se siguen perdiendo unas 10 – 12 millones de hectáreas anuales de bosque en el Mundo lo que contribuye a una pérdida significativa de la biodiversidad).

La verdad es que, a pesar de todos los esfuerzos que se están realizando, los bosques y la biodiversidad que en ellos se ubica, continúan muy amenazados en razón, por una parte, de las acciones que están en marcha para convertir, a medio plazo, una importante parte de su superficie en superficie agrícola útil (S.A.U.) o en pastos y, por otra, también por los niveles insostenibles de su explotación en muchas regiones del Mundo, que en gran parte, lamentablemente, es ilegal (y, en no pocos caso, tolerada en aras a la corrupción política).

Abundando en el tema, un estudio especial realizado conjuntamente por el Centro Común de Investigación de la Comisión Europea y el Servicio Forestal de los Estados Unidos (SOFO 2020) ha puesto en evidencia que hay del orden de unos 35 millones de manchas forestales en el mundo, cuyas dimensiones van desde una hectárea a 680 millones de hectáreas. Ello pone en clara evidencia que se necesitan con suma urgencia mayores esfuerzos de reforestación para poder volver a “reconectar” a los bosques fragmentados.

El objetivo global debe fundamentarse en conservar y gestionar los bosques y los árboles que los conforman, con un enfoque de paisaje integrado e integral, buscando reparar, en la medida de lo posible, todos los daños causados y deberá hacerse a través de ambiciosas políticas técnicas de restauración y de reforestación. 

Por último no cabe olvidar, como también queda reflejado en el informe mencionado al principio de la presente nota, que la seguridad alimentaria y los medios de subsistencia de millones de personas en el Mundo dependen de los bosques. Así, de las personas que viven en situación de extrema pobreza (por ejemplo, 8 millones en América Latina) del orden de un 90 por 100 de las mismas obtiene de los bosques la base de su subsistencia básica: alimentos, leña, etc. etc.

Creo que, con lo expuesto en los párrafos que anteceden, queda claro que los bosques merecen cobrar un mucho mayor protagonismo técnico, social y político del que hoy tienen. 

Y no olvidemos que, en gran medida, la calidad de nuestro futuro depende de ellos.

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio

Los ganaderos, el precio de sus productos y la COVID – 19

Una de las publicaciones que sigo y estudio regularmente con más interés es la que corresponde al “INFORME SEMANAL DE COYUNTURA” (Precios Coyunturales) que publica la Subdirección General de Análisis, Coordinación y Estadística de nuestro Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA).

Y en este Informe Semanal me parece especialmente interesante y aleccionador, analizar con detenimiento el discurrir comparativo de las curvas de los precios de los productos pecuarios a lo largo de los años 2018, 2019 y lo que llevamos del año 2020 (igual de interesante es, evidentemente, el hacerlo con lo que va sucediendo con los productos agrarios aunque, en general no son universos de discurso directamente comparables).

Y si en este análisis observamos lo que ha sucedido en el “mundo pecuario”, desde principios de este año 2020 hasta el día 24 de mayo del mismo, podemos constatar que en general, a partir de la semana 13- 14 del año (es decir, desde finales de marzo, principios de abril), se registra una caída significativa de los precios en vacuno, ovino, porcino de capa blanca, pollo, huevo y conejo.

Ello no hace sino confirmar oficialmente lo que ya anticipaba en una entrevista que me hicieron el pasado 18 de marzo, a raíz de mi intervención una semana antes en el 20º Congreso AECOC de Productos Cárnicos y Elaborados que tuvo lugar en Lleida (cuando, con 2 meses largos de retraso, el Ejecutivo empezaba a hacer caso real al SARS – CoV -2 y a tomar medidas).

El día de la entrevista, como es sabido, ya estaba declarado en España el Estado de Alarma (como se recordará el mismo fue declarado a través del Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, afectando a todo el territorio nacional). 

En la mencionada entrevista, comenté que el Estado de Alarma iba a provocar a corto plazo (en realidad estaba provocando ya) una honda preocupación y también miedo a lo desconocido en la población y que la primera reacción de los ciudadanos de nuestro país iba a ser la de acaparar, durante un par de semanas, alimentos. Acaparamiento, generado por los efectos emocionales colaterales ligados al Estado de Alarma y al confinamiento y, muy especialmente, por el temor a un desabastecimiento alimentario (que nunca se produjo realmente gracias a la abnegada labor cotidiana de los agricultores y de los ganaderos y al correcto y ejemplar funcionamiento de los restantes eslabones de la cadena alimentaria).

Paralelamente, expuse que, en mi opinión, una vez el ciudadano hubiera asumido mentalmente el Estado de Alarma y hubiera regularizado anímicamente su situación de confinamiento, la tendencia al acaparamiento iba a desaparecer e iba a reducirse muy significativamente la compra de productos pecuarios (no se olvide que La Fase 0, vigente durante semanas, comportaba que el canal Horeca estuviera prácticamente “desaparecido”  y que el turismo internacional y también el nacional estuvieran en stand by o en “parada coyuntural”).

Y ésta ha sido y es, ni más ni menos, la realidad y la misma se está reflejando, como exponía al principio de esta nota, en el dinero real (el que llega finalmente a sus bolsillos) que están percibiendo nuestros ganaderos por sus productos. 

Lo hablaba hace un par de días con un importante avicultor de la zona centro que me comentaba que le había llegado a pagar, a pie de clasificadora, por una docena de huevos tipo 3 (huevos procedentes de gallinas alojadas en jaulas enriquecidas) del orden de 95 céntimos de euro y que, ahora mismo, esta misma docena se la estaban pagando a 60 céntimos.

Pero, esto no significa, entre otras cuestiones, que en los lineales de nuestras tiendas, los precios de estos productos pecuarios estén, en general, bajando. 

Por favor, no se olviden dos cosas; la primera, que el Quijote, Sancho y el Lazarillo, son personajes netamente españoles y la segunda, que no tenemos, en el sector agrario (agrícola y ganadero) de nuestro país, cadenas de valor (lo que tenemos son cadenas alimentarias, que es algo muy distinto). 

Ergo: ¡así nos luce el pelo!

 

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio

Los problemas comerciales en el mercado estadounidense de nuestras naranjas y de nuestras mandarinas

Aunque es cierto que habitualmente escribo en nuestro Boletín semanal de ÁGORA TOP GAN acerca de temas directamente relacionados con la Producción Animal, en el sentido más amplio de la palabra, creo que el tema que voy a tratar hoy aquí es de interés para todos en aras al viejo adagio español que dice “cuando veas las barbas de tu vecino afeitar, pon las tuyas a remojar”.

Sucede que en plena crisis generada por el SARS – CoV- 2 y por la correspondiente enfermedad asociada COVID- 19, se ha confirmado la noticia de la pérdida definitiva del mercado de los Estados Unidos para nuestras naranjas y nuestras mandarinas.

Esta realidad se sustenta en el hecho de que los aranceles de hasta un 25 por 100 impuestos el pasado mes de octubre por la Administración Trump sobre los cítricos y otras producciones agrarias españolas han reducido a cero los envíos de naranjas y mandarinas durante la presente temporada 2019/20 con destino a Estados Unidos, mientras que las exportaciones de limones apenas alcanzan las 922 toneladas (recuérdese que EE.UU. aplicó a partir del 18 de octubre del año pasado unos aranceles del 25 por 100 sobre 160 productos europeos entre los que se encuentran el aceite, el vino, el queso, la carne y también los cítricos españoles).

Como muy bien ha señalado AVA – ASAJA, en realidad se trata de la aplicación de una medida arancelaria llevada a término por el Gobierno de los Estados Unidos, en respuesta a un conflicto relacionado con las ayudas destinadas al sector aeronáutico Boeing-Airbus, una cuestión que nada tiene que ver con nuestro sector agrario, pero que le perjudica grandemente.

Pero la triste realidad es que, como dice AVA – ASAJA, la mencionada medida arancelaria ha supuesto la “puntilla” a la campaña histórica de clementinas remitidas desde el puerto de Castellón, la cual registró su récord de exportaciones en la campaña 2006/07 con cerca de 80.000 toneladas pero que, con el paso de los años, venía experimentando una tendencia a la baja debido a las presiones y falsas acusaciones por parte del lobby citrícola de Estados Unidos.

Además, hay que tener presente aquí que a la pérdida del mercado norteamericano hay que sumarle el veto del mercado ruso. Este veto también está originado por un problema que nada tiene que ver con el sector agrario, dado que tiene su origen en el conflicto entre Ucrania y Rusia. Obviamente, el cierre de estos dos mercados infringe un daño muy importante a nuestros cítricos.

Por otro parte, debe tenerse en cuenta un hecho muy importante en lo que se refiere al mercado interno español y que no sólo afecta a los cítricos. De acuerdo, por ejemplo, con los datos facilitados por la consultora Oliver Wyman, la crisis generada por el coronavirus, unida al confinamiento a que estamos o hemos estado sometidos, ya está cambiado significativamente los hábitos de consumo de los españoles. 

En lo que están todos los analistas de acuerdo es en que el principal factor que determinará nuestra futura forma de comprar estará condicionada por la pérdida de poder adquisitivo, ya que en la actualidad prácticamente las dos terceras partes de los hogares españoles están sufriendo una reducción de sus ingresos a causa de la pandemia (habrá que ver hasta dónde llega este porcentaje a medio plazo ante la significativa subida de impuestos que se avecina).

En este marco habrá que ver cómo se ve afectado el consumo interior de mandarinas y naranjas (y, por supuesto, el conjunto de alimentos frescos) para que nos podamos hacer una idea exacta de las dificultades comerciales globales por las que va a atravesar, en los próximos meses, el sector de los cítricos españoles.

De lo que en él acontezca y de ahí, en mi opinión, el interés de la presente nota, se podrán sacar muchas lecciones y conclusiones que podrán hacerse extensivas, sin duda, a otros sectores de nuestra agricultura y de nuestra ganadería.

 

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio

¿Explotación laboral o esclavitud en el agro español?

En los últimos meses, hay veces en que uno no sabe si echarse a reír o a llorar en razón de ciertas “geniales y sorprendentes ideas” que emanan de alguno de los 22 Ministerios que conforman el actual Gobierno de España o del mismísimo Consejo de Ministros, conformado por 23 miembros, con cuatro vicepresidencias y 18 ministros.

En este caso, que nadie se alarme, no ha sido protagonista el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social ni el Consejo de Ministros. En este caso, el protagonismo ha recaído en el Ministerio de Trabajo y Economía Social. Este Ministerio es el que tiene las competencias en empleo, economía social y responsabilidad social de las empresas y su titular es doña Yolanda Díaz Pérez, licenciada en Derecho. 

Realmente, no sé cuál es la imagen que le han transmitido o tiene la mencionada señora Ministra acerca de la realidad laboral general y actual en “nuestro campo” y de la gestión de nuestros empresarios agrarios (aceptando de entrada que, como en todo colectivo, puede haber algún impresentable que, obviamente, debe ser detectado y castigado con la máxima severidad de acuerdo con la legislación vigente). Pero, en base a mi experiencia personal, desgraciadamente de muchos años, me atrevo a afirmar que, en la actualidad del año 2020, la gran inmensa mayoría de nuestros empresarios agrarios (agrícolas y ganaderos) son profesionales cabales; es decir, honrados, honestos y justos.

No deben pensar así desde el mencionado Ministerio cuando desde el mismo se ha cursado una orden a todas las jefaturas provinciales para llevar a cabo una campaña específica en el campo con el objetivo de detectar en él posibles casos de “explotación laboral” e incluso de “esclavitud” (tal y como suena) generadas por parte de nuestros empresarios agrícolas.

Y curiosamente esta campaña se orquesta después de semanas de masivas y, para mí, lógicas protestas, a lo largo y ancho de España, de nuestros agricultores y de nuestros ganaderos hartos de ver minusvalorado, social y económicamente, su trabajo cotidiano; pero, también después de que estos mismos ganaderos y agricultores no hayan dejado de trabajar ni un solo día y sigan trabajando en plena pandemia y de colaborar, activa y solidariamente, con los vecinos de sus pueblos en todo tipo de labores necesarias (desinfección, transporte, aporte de alimentos, etc. etc.).

Los inspectores, entiendo, por lo que me dicen, son los primeros sorprendidos ante la mencionada orden. Ellos deberán rellenar, entre los meses de mayo y junio un complejo cuestionario conformado por nueve páginas y seis bloques con un sinfín de preguntas directas a los trabajadores del medio rural.

¡Atención! Se les va a interrogar, entre otras muchas cuestiones, acerca de si son objeto de violencia física (presentado lesiones o magulladuras) y/o verbal (con muestras de ansiedad o de confusión mental), de restricciones a su libertad de movimientos, de limitaciones a las comunicaciones con su entorno, etc. etc. etc.

Por otra parte, y esto sí me parece positivo (todo en la vida tiene su cara y su cruz), las mencionadas inspecciones pienso que permitirán comprobar, sobre el terreno, si en las explotaciones agrarias se cumplen las medidas relativas a la seguridad laboral, especialmente las establecidas por las autoridades sanitarias para evitar el contagio y la propagación por el coronavirus y también qué medidas se adoptarían en caso de que algún trabajador diera positivo para la COVID-19 o si, en su caso, se ponen a su disposición los Equipos de Protección Individual (EPI). Pero, pregunto ¿hay hoy suficiente disponibilidad de los mismos en el medio rural?

No discuto que la intención del Ministerio haya sido buena y que lo que se pretenda sea garantizar el respeto a los derechos de los trabajadores agrarios y “salvaguardar” su dignidad, frente a posibles malas gestiones de sus empleadores pero, en mi opinión, citando al sabio refranero español: “para este viaje, hoy y concretamente por el campo español, no hacen falta estas alforjas”. 

En “nuestro mundo”, como lo comentaba este pasado fin de semana con unos colegas (por vídeo – charla, por supuesto) nos conocemos todos y sabemos bien, en cada uno de nuestros pueblos, sin necesidad de rebuscados cuestionarios, quién es quién y de qué pie cojea. 

Miren: apoyen, sin fisuras y sin tejemanejes políticos, a la Autoridad (con mayúsculas) y apliquen la ley; así, si lo hubiere, problema solucionado.

 

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito.
Universidad Politécnica de Madrid
Universidad Alfonso X el Sabio