Los niños y los équidos, una aproximación natural

 

Los caballos son seres muy especiales; aparte de excelentes atletas, son unos animales que se pueden definir perfectamente como de “alma pura” y con un gran corazón. Están dotados de una capacidad excepcional para, por una parte, reconocer a otras almas puras, y, por otra, para colaborar a curar aquéllas que están, por las circunstancias que fuere, dañadas.

Por estas razones aducidas, los caballos establecen habitualmente una excelente relación con los niños, puesto que éstos, por su inocencia, su bondad y su ternura, generalmente todavía intactas en razón de una vida fundamentalmente llena de gratas experiencias, suponen, para los caballos, un compañero ideal de aventuras.

Como técnico deportivo, con una larga experiencia profesional en esta temática, soy de la opinión de que los niños deben comenzar, a edades tempranas, sus andanzas ecuestres con ponis. La razón es que estos pequeños y simpáticos equinos resultan más manejables y menos impresionables para los niños que los caballos, a la hora de montarlos y de hacerse con ellos.

La equitación es, desde una visión integral, el deporte idóneo para que los niños aprendan de manera directa a responsabilizarse de un animal; ello supone, cuidarlo, asearlo, alimentarlo y trabajarlo correctamente. Los niños aprenden de manera natural, que un caballo, un pony, no es, obviamente, una pelota al que puedan dejar tirado en cualquier lugar, sin el más mínimo cuidado.

El contacto de los niños con los caballos, su entorno y su naturaleza, supone, para ambos, pero especialmente para aquéllos, un mar de beneficios que resultaría eterno de enumerar.

Los caballos son capaces, a través de su energía, de somatizar la energía de sus jinetes, y curarla a base de sufrirla ellos mismos. En realidad, son el espejo de su jinete; reflejando sus miedos, sus emociones, su estado físico y su realidad mental.

Y ellos, como alma pura que son, ayudan, de forma muy importante, a sanar nuestros tormentos. En efecto, son sólo con su respiración acompasada y con su presencia tranquila, son capaces de calmar, tranquilizar y curar en silencio. Consecuentemente, y esta realidad es muy importante tenerla en cuenta, si nos somos unos profesionales, adecuadamente formados, no solemos darnos cuenta del poder real que, en este ámbito también tienen los équidos.

En base a todo lo expuesto hasta aquí, se fundamenta la razón por la que los caballos adoran a los niños.  La energía de éstos les resulta tan atractiva a aquéllos, que los caballos desean pasar tiempo con ellos; cuidarlos y protegerlos, estableciéndose, creándose, un vínculo muy especial, que permanecerá a lo largo toda la vida.

Y, aunque por la razón que fuere, el binomio niño – caballo se separe, sus almas seguirán vinculadas y siempre se recordarán, con independencia de allá donde estén.

Asumo, que este hecho, de una profunda naturaleza emocional, no es fácil de comprender para aquéllos que no están inmersos en este mundo, pero ésta es una de las maravillosas realidades, que nos regalan los caballos, sin pedir a cambio nada más que atención, respeto y, sobre todo, afecto.

 

 

 

 

 

Ángeles Melgar
Ingeniero agrónomo
Técnico deportivo de equitación.

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