Evolución histórica del tercio de picar de las corridas de toros (II)

A principios del siglo XIX, los picadores ya no permanecen en el ruedo durante toda la lidia. Se retiran del mismo al iniciarse el tercio de banderillas. Pero siguen recibiendo al toro, sin ser fijado previamente por los de a pie, colocados 7-9 metros a la izquierda de la salida de toriles y separados 1-2 metros de las tablas citando y recibiendo los toros de frente, deteniendo y aguantando la embestida, clavando la puya en la región trasera del morrillo y girando después el caballo a la izquierda para dar salida al toro. Operando así los toros cobraban muchos puyazos de baja intensidad.

Consecuentemente, al no disponer los caballos de peto protector morían muchos caballos en el ruedo cuadro que, sin duda, sería desagradable para el espectador de hoy día. En el último tercio del siglo XIX el Instituto correspondiente a las ya existentes Sociedades Protectoras de Animales estableció un premio al picador al que menos caballos le mataran los toros.

También los picadores eran víctimas siendo derribados por los morlacos, heridos e incluso muertos. Así, por ejemplo, el picador de Utrera Antonio Pinto, personaje rudo e inculto, pero que, según Cossío “merece pasar a la historia del toreo como uno de los grandes picadores de todos los tiempos” fue muy castigado por los toros. Decía, “de cornás tengo ocho mu gordas, dieciséis más leves, guesos rotos dos, costillas rotas las farsas del lao derecho, dambas crevícuras partías y de porrazos mortales no igo na”.

De otro picador sevillano, Joaquín Coyto, allá por los años 50 del siglo XIX, cuentan que, en una tertulia, en presencia de Cúchares, Paquiro y El Chiclanero, se apostó 400 reales que un toro de espectacular trapío lo picaría sin ser derribado. Ganó la apuesta.  En otra ocasión, con motivo de una corrida a celebrar en San Sebastián, le dijeron previamente que iba a necesitar seis caballos. El apostó que necesitaría menos. Su brazo férreo picó 6 toros, puso 36 varas soberbias y sólo perdió un caballo. Otra vez ganó la apuesta.

No hay que olvidar el importante papel de los picadores en la victoria conseguida en Bailén en 1808 por los generales Castaños y Reding en la que murieron dos tercios de los piqueros participantes.

La elevada mortalidad de caballos en la lidia determinó que la propiedad de los mismos pasara de picadores a empresas, apareciendo en las plazas, hasta el primer tercio del siglo XX, animales viejos, depauperados y de desecho que muchos de ellos acababan sus días en los ruedos.

En un reglamento redactado en 1923 se establece que a 5-7 metros de las tablas se dibuje una circunferencia con cal blanca que no podrán rebasar los picadores para realizar la suerte de varas.

Fue en 1.928, en la dictadura de Primo de Rivera, cuando se reglamentaron los petos en los caballos de picar, en aras a humanizar la fiesta

Desde esa fecha los picadores salían al ruedo, por indicación presidencial, después de que el toro hubiera sido fijado por los de a pie. Se acabó que los picadores esperaran en el ruedo la salida de los toros. Se redujo, como consecuencia, el elevado riesgo de la suerte de varas (durante la década de 1920 a 1930, según el cronista D Indalecio, murieron seis picadores) y por ende el gran interés secular de los espectadores por el primer tercio de la lidia.

En principio, el peto fue mal acogido por picadores y afición. Tal elemento fue aumentando progresivamente de peso para mejorar la protección de caballo y picador hasta constituir una muralla (la acorazada lo llamó posteriormente el crítico Joaquín Vidal) donde los toros se rompían y los picadores podían ejecutar la suerte de varas a su antojo. En pocos años, aficionados y espectadores, a pesar de ello, se habituaron al nuevo artificio protector.

 

 

 

 

 

 

Argimiro Daza Andrada
Dr. Ingeniero Agrónomo
Catedrático jubilado
Universidad Politécnica de Madrid

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