Los incendios en España: un desastre de consecuencias inmensas

Como lo explicaba el viernes pasado, no estoy muy seguro de que la sociedad española sea correctamente consciente (a pesar de toda la información generada en los medios sociales de comunicación) de las enormes, inmensas, consecuencias que tienen y van a tener, en un futuro a corto – medio plazo, los incendios forestales (cerca del millar) que han asolado, con especial dureza, a España este verano.

Me refiero, en primer lugar, a las consecuencias sociales (ocho personas fallecidas y 36.000 evacuadas), medioambientales, forestales, agronómicas y económicas, originadas, con visión a medio – corto plazo, por las cerca de 400.000 ha quemadas en España (cinco veces más que la media anual).

En toda esta muy compleja temática lo más preocupante, en mi opinión, es que, como ya viene siendo la norma desde hace años, un porcentaje muy elevado de los mencionados incendios fueron intencionados o consecuencia de la negligencia humana (así, por ejemplo, en el último informe emitido por el Ministerio para la Transformación Ecológica y el Reto Demográfico, que corresponde al periodo 2006-2015 ya se señalaba que los incendios intencionados correspondieron casi al 53 por 100 del total y en el informe del año 2015 apuntaba que “al menos el 81,16% de los siniestros fueron causados por actividades humanas”).

En este sentido pienso que no son, en esta oportunidad, demasiado desacertadas las palabras del actual presidente del Partido Popular cuando habla de “Terrorismo indiciario”, pero, esto sí, cuando habló del famoso 80 por 100, debería haberse referido, siempre en mi opinión, a la suma de la intencionalidad y de la negligencia.

En este marco, actualmente hay del orden de 50 personas detenidas, relacionadas con los mencionados incendios forestales y cerca de otras 140 están siendo investigadas por su posible conexión con los mismos.

Espero y los expreso con toda sinceridad, que a los culpables reales se les aplique, sin contemplaciones, la ley de una forma ejemplar y ejemplarizante (al margen de que haya de afrontarse, sin falta, una importante modificación de la misma en este ámbito y una aplicación sin resquicios de ella).

Lo que no admite tampoco dudas es que, tal y como ha manifestado la World Weather Atribución (WWA), la crisis climática lo cambia todo y “los incendios de agosto en España son, sin deuda, un claro aviso de lo que está por venir”.

Las condiciones generadas por olas de calor extremo, la suciedad de los bosques y de las zonas abandonadas por la agricultura y la ganadería, la sequedad y los vientos (combinación absolutamente letal), alimentaron estos fuegos y éstos, si no se toman medidas técnicas drásticas e importantes, serán, lamentablemente, más probables cada año (y esto también afecta a Portugal, claro, que ha visto, en este año 2025, como se quemaban casi 300.000 hectáreas en su territorio).

Estas medidas, estoy convencido, deben basarse, sí o sí, en una adecuada actuación preventiva (controlando de verdad y, para empezar, la vegetación en el mundo rural), afrontando, sin reservas, su coste.

No se pierda de vista, que, de acuerdo con los estudios hasta hoy disponibles, el calentamiento global ha vuelto a los incendios forestales, en las “zonas críticas del Sur de Europa”, del orden de 10 – 12 veces más probables y un 22 – 24 por 100 más intensos.

Como, creo, se deduce de esta breve nota, hay que afrontar, en nuestro país y, fundamentalmente a nivel político, unos cambios muy importantes, básicamente técnicos, en la forma de ver, entender y proteger, al medio rural.

Y ojalá, ojalá, en este caso, no tengamos que volver a traer a colación a mi admirado Don Quijote con aquella frase legendaria: ¡Dios, ¡qué buen vassallo! ¡si oviesse buen señor!

 

 

 

 

 

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito

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