La ganadería, la agricultura y el Mar Menor

Hace un par de días, el periódico de ámbito nacional “EL MUNDO” publicó un interesante artículo que tituló, si no recuerdo mal, “El equilibrio inestable del Mar Menor”.

El Mar Menor es una de las lagunas de costa más protegidas en la Unión Europea (en realidad es una albufera de cerca de 140 kilómetros cuadrados; unas 13.500 hectáreas) y es la única que tiene “derechos propios”.

Hace ya mucho tiempo, el Mar Menor era una laguna de aguas salobres y transparentes en razón de que se trataba de aguas oligotróficas (con una escasez de nutrientes) y permitía la existencia de una laguna controlada por el denominado fitobentos (es decir, las comunidades de plantas ancladas en el sedimento lagunar) al llegar la luz al fondo sin problemas.

En una primera etapa anti – crisis medioambiental, el Mar Menor tuvo que soportar, ante la negligencia de las administraciones, la presión de la minería de metales con vertidos masivos al principio y drenaje de las estructuras mineras residuales.

Después, sufrió, primero vía vertidos, las consecuencias de un desarrollo urbanístico salvaje, muy mal planificado y peor controlado (pero que enriqueció a un número significativo de personas) que ha incluido importantes infraestructuras turísticas, incluyendo puertos deportivos y playas artificiales.

Ello conduce, segundo, a que la Manga del Mar Menor albergue, a lo largo de la época vacacional, más de 500.000 personas (una carga humana medioambientalmente absolutamente inasumible dadas las condiciones de infraestructura de defensa medioambiental integral, empezando por la depuración de aguas residuales y un largo etcétera).

A ello hay que añadir, sin duda, la puesta en regadío de una parte sustancial del actualmente llamado Campo de Murcia (antes, campo de Cartagena a raíz del trasvase Tajo – Segura, a principios de los años 80 (trasvase lamentablemente mal planificado, mal estructurado y exagerado (visión política y no técnica), y al que siempre me opuse).

La llegada de esta agua permitió (volvemos a la visión económica miope cuyas consecuencias llevamos casi 45 años pagando todos, como es natural, regularmente) incrementar los regadíos de la zona a cifras relativamente cercanas a las 60.000 hectáreas (con lo cual cada hectárea del Mar Menor sufre la presión de 4 hectáreas de regadío sin los sistemas de protección medioambiental adecuadamente desarrollados).

Por ello, una parte de los abonos utilizados en esta agricultura intensiva (sin olvidar, ni por un instante, por la parte que la atañe, a la ganadería también presente) ha terminado históricamente, digan lo que digan, en el Mar Menor, generando en sus aguas, una enorme sobreabundancia de nutrientes.

Es verdad que el Mar Menor, durante décadas, consiguió “digerir”, mejor o peor, toda esta carga; mitigó durante años la eutrofización. Pero a partir de los años 2015 – 2016, el Mar Menor dijo “basta”, en parte como consecuencia de la llegada de una cantidad importante de nuevos nutrientes procedentes de las salmueras generadas por la desalobración de las aguas subterráneas.

La consecuencia lógica (apoyada por el cambio climático) fue un desarrollo brutal del fitoplancton; el agua se enturbió (situación que se prolongó durante meses); la luz solar dejó de poder llegar al fondo de la laguna, un porcentaje muy importante de los fitobentos murieron porque no fueron capaces de sobrevivir sin luz y también murieron cantidades ingentes de animales (caracolas, peces, etc).

Toda esa materia muerta (plantas y animales) demandó, lógicamente, cantidades ingentes de oxígeno (que no estaba disponible) y todo ello derivó en unos primeros episodios de anoxia (ausencia de oxígeno) y se consumó el primer gran desastre. En el año 2019, volvió a sufrir el Mar Menor una segunda muerte masiva de flora y fauna.

En el año 2022, apareció en la laguna salada una mancha blanca de 15 kilómetros cuadrados, prácticamente sin vida debajo de ella.

En definitiva, ahí seguimos, el Mar Menor, siendo optimistas, está en una “situación de equilibrio sumamente inestable” y es obvio que un incremento brusco de la temperatura (véase lo que hora mismo está pasando), cualquier incidencia de naturaleza medioambiental puede generar una reversión hacia una situación todavía más complicada que la actual.

Debe quedar bien claro que, técnicamente, no es la ganadería la principal culpable de la situación del Mar Menor y, siendo objetivos, tampoco realmente la agricultura intensiva (aunque ésta tiene aquí un papel que no dudo en clasificar de importante).

Las verdaderas “estrellas” que han generado la situación del Mar Menor son, siempre en mi opinión, una cadena enorme de incomprensibles errores técnicos y la manifiesta negligencia (por omisión del cumplimiento de sus obligaciones) de todas las administraciones e instituciones, directa e indirectamente implicadas (locales, de la Comunidad Autónoma y del Estado).

Y, pienso yo, que tal vez (obviamente no lo puedo demostrar, pero me queda una duda notable) la corrupción, a todos los niveles (en razón de la gran cantidad de errores cometidos, muchos de ellos, técnicamente, incomprensibles), también puede que haya tenido su parte de responsabilidad en la situación actual del Mar Menor.

Igual pienso demasiado. Es un error que cometo con frecuencia; cosas de la edad, sin duda.

 

 

 

 

 

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito

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