El descenso en los consumos: la razón subyacente
Cuando uno tiene la fortuna de llegar a la orilla de la cuarta edad (que técnicamente se inicia a los 80 años), en unos estados físico y mental, digamos que, sin exagerar, aceptables, suele tener, por una parte, la capacidad, fundamentalmente en razón de su experiencia, de “ver el bosque” y de no dejarse “cegar por el árbol” y, por otra, al estar en una situación a la que llamo “profesionalmente amortizado”, gozar de la capacidad de poder exponer lo que uno realmente piensa, sin temor alguno a la generación de posibles críticas o represalias.
Y en este sentido, como lo exponía la semana pasada, en España, al igual como puede suceder en otras zonas del Mundo, el descenso global de los consumos de los productos generados por la ganadería tiene, al margen de las razones tantas veces expuestas de las presiones sociales (en el sentido más amplio del término), de la preocupación por la salud, de la creciente oferta de productos alternativos, etc. etc. una razón subyacente, que se me antoja clave: el deterioro creciente de la economía (y, consecuentemente, como lo vengo manifestando reiteradamente, del poder adquisitivo real de la ciudadanía).
España registra, ante una política económica estatal a mi entender errónea, aunque populista, del gobierno, fundamentada en el gasto público, generando, al margen de grandes desequilibrios, un empobrecimiento significativo de las familias (véase la evolución del PIB per cápita).
A lo referenciado hay que añadir la inflación que está afectando de manera especialmente cruel a los alimentos y a toda una serie de productos básicos. Ello ha ayudado a conducir a una situación donde los ahorros de las familias se están utilizando para intentar combatir la mencionada inflación, sin tener la posibilidad de la reposición de los mismos.
Desde que está en la Moncloa el actual gobierno social – comunista, la inflación media se acerca al 23 por 100 y la subyacente supera el 20 por 100; y a la vez nos “regala” una política fiscal muy expansiva, vinculada al gasto público, que retrasa y también dificulta enormemente la aplicación de una adecuada política monetaria.
El crecimiento oficial español es cortoplacista, basado en el crecimiento poblacional (con una importancia significativa de la inmigración); con pérdida de poder adquisitivo, que ya está a menos del 90 por 100 de la media de Unión Europea (U.E. – 27), a pesar de la revisión extraordinaria del PIB. Volvemos a ser un Estado pobre en el seno de la U.E. – 27 y, por esta razón, un potencial receptor de los fondos de cohesión.
Consecuentemente, no nos engañemos, ni atendamos a interesados y falsos “cantos de sirena” generados, mayoritariamente, directa o indirectamente, por el propio gobierno o sus socios. Lo cierto es que la economía española pierde regularmente productividad y competitividad.
Lamentablemente, nuestra economía no avanza por el camino correcto de generar productos y servicios de alto valor añadido; al contrario, avanza por el camino del bajo valor añadido (véase, por ejemplo, la evolución del turismo), con un aumento insostenible de subsidios, unido a una importante pérdida de capacitación profesional (véase, por ejemplo, la involución de la universidad pública o de la propia formación profesional).
Al mencionado empobrecimiento familiar también contribuye, y en gran medida, el aumento de los impuestos, tanto directos (por ejemplo, el aumento del IRPF, mayores cotizaciones a la Seguridad Social, etc.) como indirectos.
Ello lleva a muchas familias a realizar unas actuaciones cortoplacistas erróneas (bajo el lema de “vivir al día”), solicitando, por ejemplo, créditos para ir de vacaciones. Su obligada restitución afecta negativamente a la calidad de vida de las mismas.
Lo más grave aquí, en mi opinión, es que nada induce a pensar que la política económica del actual gobierno de la Nación vaya a cambiar. Todo apunta a un continuado aumento del gasto y, paralelamente, de los impuestos. Ello puede llevar, en un corto plazo de tiempo, a una situación económicamente insostenible.
En definitiva, en España, en el marco del referido empobrecimiento familiar creciente, tampoco cabe esperar, desde este ángulo, el aumento de los consumos globales de los productos generados por la ganadería.
Y es que, al final, la razón subyacente termina convirtiéndose, con el discurrir del tiempo, a causa de una errónea política económica, en una razón fundamental.
No hace falta que les mencione lo complejo, duro y doloroso que va ser para todos nosotros volver, a nivel del Estado, a la senda económica correcta.

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito



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