El sendero conducente a la reducción de la producción pecuaria

Debo reconocer, con toda humildad, que cada día se me hace más difícil entender en el seno de la Unión Europea (U.E. – 27) cuál es el objetivo real, a medio – largo plazo, de las políticas pecuarias que se van generando y en las que se debe sustentar, en su seno, obligatoriamente, la totalidad de la actividad ganadera.

Me refiero desde la perspectiva de la acción política en el ámbito de aplicación zootécnico (en el sentido más amplio del término) con la doble consecuencia social y económica.

Un ejemplo de lo que estoy intentando exponer se puso de manifiesto en el “Día Internacional de la Leche”.  En él, la Federación Nacional de Industrias Lácteas, hizo, creo que por primera vez si no estoy equivocado, una mención directa y explícita a la clara preocupación existente en este sector industrial ante el futuro de la disponibilidad de la suficiente materia prima nacional (leche) para atender adecuadamente a sus necesidades.

No es un caso excepcional. La creciente presión normativa y social a que está sometido el primer eslabón de la cadena (en este caso el gestionado por el ganadero, pero también, en no pocos casos, por el agricultor), pone en riesgo en un número significativo de oportunidades el devenir, a medio plazo, de este primer eslabón.

Véase, como ejemplo de esta argumentación, el caso de nuestro sector cunícola. Su producción oficial de carne se reduce año tras año y así, en el año 2024, fue de sólo 33.829 toneladas, frente a las 100.000 toneladas que se producía este sector pecuario a finales del siglo pasado.

En esta realidad tiene su protagonismo, entre otros, la aplicación del denominado “Modelo Europeo de Producción” (conformado por un conjunto de más de 75 normas que regulan la forma de producir los alimentos en la Unión Europea y también, lógicamente, en España, estableciendo, paralelamente, los controles del proceso productivo y comercial desde el origen al consumidor).

Esta normativa, dinámica y, sin duda, la más exigente del mundo, no cesa en su desarrollo normativo (un ejemplo de ello puede constituirlo la abertura actual, por parte de la Comisión Europea (CE), de la consulta sobre la futura ley referida al Bienestar Animal).

El objetivo oficial del mencionado modelo es garantizar la seguridad alimentaria, el bienestar y la sanidad de las bases animales implicadas, promoviendo, paralelamente, la sostenibilidad de la producción y el respeto al medio ambiente.

Su aplicación en la práctica, como es fácil de entender, es realmente compleja y requiere, entre otras cuestiones, de unas inversiones en las granjas (inversiones, por ejemplo, en el equipamiento de las mismas, en la garantía en el cuidado de las bases animales, en la contratación de personal cualificado, etc. etc.).

Todo ello desemboca finalmente, aun aplicando correctamente la economía de escalas, en unos mayores costes de producción (o, si se quiere expresar de otra forma, en una menos óptima relación costes/calidades).

Pero, por otra parte, al no cumplirse en la gran mayoría de los casos la teóricamente obligada aplicación de la denominada “Ley de la Cadena”, el productor, como lo exponía a título referencial la semana pasada en el boletín digital número 253 de ÁGORA TOP GAN, no tiene garantizada, con una visión real a medio plazo, la adecuada rentabilidad de su actividad profesional; es decir la rentabilidad de su granja a la que le dedica los 365 días del año. (y no se olvide que la sostenibilidad en la producción pecuaria, al igual que en toda actividad económica, en unos mercados donde rige ley de la oferta y la demanda, empieza, sí o sí, guste o no, por su sostenibilidad económica).

En definitiva, y aquí quería llegar, tal y como lo refería en una actividad docente del pasado fin de semana, el camino cada vez más normativo (no siempre “normativo zootécnico”), unido a una presión social creciente por el que transita la actividad ganadera, en la U.E. – 27, va desembocando, más pronto que tarde, al menos en algunos casos, en una reducción no cualitativa, pero sí cuantitativa significativa, del primer eslabón de la cadena (que, insisto una vez más en ello, no es una “cadena de valor”).

Me permito dudar de que, a medio plazo, la sociedad de la Unión Europea, cuando ya sea tarde, no se tenga que arrepentir de ello.

Confío en estar, una vez más, equivocado.

 

 

 

 

 

Carlos Buxadé Carbó.
Catedrático de Producción Animal.
Profesor Emérito

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