El caballo de picar de las corridas de toros

El toreo a pie que surgió en el siglo XVIII exigía la participación del caballo de picar como sustituto del caballo del toreo aristocrático de siglos anteriores.

En principio fueron los propios picadores los que aportaban los caballos, pero las muertes y lesiones en las plazas eran elevadas al no existir ningún elemento protector de los equinos.

Como consecuencia de ello, desde el siglo XIX, la gestión caballar de las corridas empezó a correr a cargo de las empresas taurinas, adquiriendo caballos de desecho de muy bajo valor dado el alto porcentaje de óbitos en las plazas.

Posteriormente con la llegada de los petos protectores, en 1928, la producción de caballos de picar pasó a manos de empresas especializadas, gerenciadas por personas afines al mundo taurino, las cuales proporcionan a las plazas los caballos necesarios para la lidia: seis en las plazas de primera categoría y cuatro en las restantes.

Actualmente, España cuenta con muy pocas cuadras de caballos de picar (no llega a la decena), de tamaño variable, situadas fundamentalmente en Andalucía, Extremadura, Castilla y León y en las proximidades de Madrid.

Las mismas utilizan generalmente caballos cruzados entre las razas Inglesas, Raza Pura Española (Andaluza), Lusitana o Árabe con las razas francesas Bretón o Percherón. Las cuatro primeras proporcionan agilidad y movilidad y las dos últimas fuerza y potencia, características deseables del equino de picar. La utilización de razas traccionadoras está prohibida.

El reglamento nacional exige un peso entre 500 y 650 kg, aunque el de Andalucía permite pesos entre 450 y 600 kg si se van a lidiar toros con menos de 550 kg. La altura a la cruz de los caballos es recomendable que alcance al menos 1,60 m. Los caballos, además del aporte del posible pastoreo se alimentan con piensos concentrados mezcla de cereales y leguminosas (cebada, avena habas etc.) y forrajes (alfalfa, paja, henos, etc.).

En la preparación de los caballos, la doma constituye la principal operación de manejo pasando por varias etapas durante un periodo de dos o tres años: dar cuerda en el picadero (se enseña al animal andar al paso girar izquierda – derecha, flexionar el cuello, el paso atrás); vestido del caballo colocando sobre el animal los elementos siguientes: sudadero, montura, manquitos delanteros y traseros, costillar derecho, peto de 25 – 30 kg integrado por materiales diversos , cabezal, y tela para tapa los ojos ; adaptación al empuje por el lado derecho, realizado por personas que simulan la entrada del toro; prueba del caballo en principio en tentaderos en el campo y sucesivamente en becerradas , novilladas y festivales y, según su comportamiento, en corridas de toros.

Los caballos de picar, como los toros, están sometidos a un reconocimiento veterinario previo antes del festejo debiendo llegar a la plaza antes de las 10 horas del día del festejo.

Las empresas de picar pasaron por una crisis extrema en los años de la pandemia del Coronavirus debido al escaso número de festejos en los que sirvieron.

Las cuadras, según tamaño y gestión comercial, pueden dar entre 50 y 100 festejos al año. El coste efectivo de producción es muy elevado (alimentación – comprendida entre 2 y 3 €/día- mantenimiento de la cuadra, equipos, higiosanitarios, herradero, personal, transporte, impuestos, etc.) obteniendo rentabilidades, en muchos casos dudosas, cuando la cuantía de festejos servidos anualmente en baja.

Anécdota final: el colectivo animalista también considera, a pesar del peto protector, que el caballo de picar es maltratado en la plaza. En el siglo XIX, la Protectora de Animales de entonces daba un premio al picador que le mataban menos caballos.

Gesto pintoresco y grato.

 

 

 

 

Argimiro Daza
Dr. Ingeniero Agrónomo
Catedrático Emérito de la UPM.

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