Dos mundos y dos lenguajes

La Unión Europea (U.E.-27) es un conglomerado de países con unas diferencias muy importantes. Si hacemos una comparación de los bloques norte-sur o de países este-oeste, vemos dos mundos diferentes.

La cohesión económica y la falsa creencia de que en la U.E. -27 todos tenemos derecho a vivir bien y trabajar poco o nada, hacen que sigamos en nuestro sueño dorado, exigiendo una serie de cosas que el tiempo nos está haciendo ver que cada vez son menos posibles y, además, nos han hecho menos competitivos comercial y económicamente.

En el siglo pasado, casi hasta el final de la centuria, la revolución industrial despobló una gran cantidad de pueblos. Se realizó un auténtico éxodo buscando una vida fácil y cómoda en la ciudad, al amparo de la industria. Para unos fue un sueño, para otros una pesadilla.

El mundo rural, cada vez más envejecido tras el éxodo, ha seguido sufriendo los ataques desde la ciudad y se le ha obligado a producir como a los urbanitas les apetece, con unos estándares de calidad altísimos, con unas dudosas normas medioambientales atroces y sacando los productos a un precio competitivo, aunque en algunos casos haya sido produciendo “a pérdidas” y con una Ley de la “cadena alimentaria” inoperante.

La PAC no da nada, compensa la falta de productividad obligada para generar alimentos a la “medida europea” y a preservar nuestra forma de ver y entender el medio ambiente. Esta frustración, junto a la falta da calidad de vida que se les impone, hace que cada día haya menos gente en la “España vacía y vaciada”. Hemos perdido una generación y estamos perdiendo la segunda.

La España vaciada está vacía y vieja. La población rural envejecida mantiene a duras penas la cultura, el medio ambiente real, genera los alimentos que se consumen en la ciudad o se exportan (pocos), pero también mantiene su leguaje.

El español de los pequeños núcleos rurales y el urbanita están tan distantes que son dos mundos. El problema de entendimiento es enorme entre los “jóvenes urbanitas” y las personas mayores rurales.

Hace poco más de un año, mi hija me dijo: “papá, ahora que voy a acabar el Grado de Veterinaria, quiero trabajar en un pueblo y con rumiantes”. Mi alegría fue grande al querer hacer lo que yo había hecho previamente, pero a sus 22 años no le preocupaba su formación (había pasado tres años en el SCRUM), y continuó: “cuando voy al campo de prácticas con los veterinarios, no entiendo la mitad de lo que hablan con los ganaderos”.

Yo pensando en enseñarle toda la “veterinaria” que he aprendido en 42 años y lo importante era que no entendía a sus futuros clientes, a esas personas que van a pagar sus servicios, a esos que te cuentan lo que les pasa a sus animales y tu no los entiendes para prevenir o curar el problema.

Seguidamente me dijo: “ahora que te vas a jubilar me podías hacer una lista de palabras para entender mejor a la gente de los pueblos”. Esa petición se ha convertido el un libro “Diccionario del Pastor. Palabras y palabros para entenderse con el mundo rural”.

Lo mismo que a mi hija, les pasa a los médicos que aprueban el MIR y van de médico de familia a un pueblo, a los empleados de banca, a los secretarios jóvenes que los mandan a un Ayuntamiento de pueblo perdido y hasta a los urbanitas que vamos a disfrutar de la paz de los pueblos haciendo turismo rural.

Si no nos entendemos entre estos dos mundos tan próximos y distantes, ¿cómo vamos a mantener o llenar esta España vaciada?

Espero que ese pequeño diccionario les ayude.

 

 

 

 

Luis Miguel Ferrer Mayayo
Dr. Veterinario, jubilado y escritor
Profesor de Universidad, jubilado
Diplomado del European College of Small Ruminant Heath Management

 

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